lunes, 14 de octubre de 2013

Jorge Volpi - Han vuelto

"Recuerdo que me desperté, sería después del mediodía. Abrí los ojos, vi el cielo sobre mí. Era azul, con pocas nubes; hacía calor y supe al momento que el calor era excesivo para abril. Casi se podía decir que era un calor de verano". Quien habla no es otro que Adolf Hitler, quien un buen día de 2011 despierta en Berlín, vestido con su chamuscado uniforme militar, como si nada hubiese pasado. Con más de un millón de ejemplares vendidos en Alemania, Ha vuelto, de Timur Vermes (2013), se alza como una desopilante sátira, más que del propio Hitler, de la Alemania Federal en la que éste se descubre de pronto.

Como si las décadas trascurridas desde su suicidio en 1945 hubiesen sido un paréntesis, Adolf conserva la misma edad de entonces -y las mismas ideas. Tras vagabundear sin rumbo y analizar con idénticas dosis de agudeza y azoro las transformaciones sufridas por la patria desde el final del conflicto armado, un quiosquero le ofrece refugio y él no tarda en comprender que Alemania lo necesita tanto como en 1933. A partir de aquí, la imaginación burlesca de Vermes alza el vuelo y, tras una serie de aventuras propias de un pícaro del Siglo de Oro, nuestro héroe -nuestro antihéroe- se incorpora a la sociedad del espectáculo al participar en la emisión televisiva de un célebre comediante que, no por casualidad, es de origen turco.




Sin jamás silenciar sus convicciones, que como antaño van de su profundo desprecio hacia las instituciones democráticas a un odio serbal hacia los extranjeros, Hitler es recibido por la audiencia con idénticas dosis de asombro y escándalo. Mientras para unos no es más que un bufón que desgrana proclamas de mal gusto, para otros -intelectuales y periodistas liberales incluidos- es un lúcido analista que pone en evidencia las peores facetas de la Alemania unificada. Protegido por la directora de la cadena, aplaudido por la crítica (se hará acreedor al Premio Grimme, el más importante de la televisión germana) y venerado el público, Hitler se convierte en una estrella de los medios -igual que antes. Sus dotes histriónicas se mantienen intactas, lo mismo que su capacidad para polarizar a quienes lo escuchan. En cualquier caso, nadie sale indemne ante sus arengas y ante la manera en que exhibe, sin cortapisas, las aristas más banales, mezquinas o contradictorias de los políticos democráticos con quienes se enfrenta.

El dispositivo humorístico de Vermes se despliega, así, en una doble vía: a la vez que presenta al Führer como el payaso histérico que fue en la realidad, utiliza todos los clichés asociados con su figura para mostrar la propensión alemana a venerar a figuras de esta calaña. Y, al tiempo que contrasta su anquilosado discurso de odio con la banalidad políticamente correcta de nuestros actuales dirigentes, se mofa de la hipocresía alemana frente a temas como la inmigración turca, la Unión Europea, los alegatos ecologistas o los derechos humanos.

Aunque en los años treinta y cuarenta no dejaron de aparecer virulentas caricaturas del líder nazi, entre las que sobresale El gran dictador de Chaplin, en nuestros días no deja de resultar arriesgado utilizar al mayor villano de la Historia, responsable de millones de muertes, como personaje central en una novela "cómica". Vermes sale bastante bien librado de la proeza, pues si bien procura no centrarse en los episodios más atroces de su carrera -"La cuestión judía no es graciosa", admite su personaje en cierto momento-, tampoco los evita e incluso, al referirse a la "cuestión turca", llega a actualizarlos.

Aun así, la obra deja un regusto amargo, no tanto porque asiente la posibilidad de que un monstruo como Hitler pudiese recuperar su lugar en nuestra vida pública -así sea como provocador televisivo-, sino porque la voz de Hitler que escuchamos sin tregua termina pareciendo, si no simpática, al menos tolerable. Sin duda, el golpe de ingenio de Vermes resulta desternillante -por ejemplo, cuando una panda de neonazis golpea al propio Führer llamándolo "perro judío" o cuando éste intenta formalizar un pacto con el Partido Verde-, pero se queda corto al examinarlo desde dentro.

Sin duda ha transcurrido ya el tiempo suficiente para que el humor pueda servir otra vez como herramienta para destripar a un individuo como Hitler, pero, acaso demasiado engolosinado con su ocurrencia, Vermes no consigue que la risa se nos congele en el rostro al observar de cerca a su personaje, quien termina convertido en un pobre diablo que triunfa por repetir obsesivamente su ideario en una época que se limita a celebrar cualquier salida de tono. Como
sea, para imaginar el impacto que una novela semejante podría alcanzar en nuestro contexto, habría que imaginar un escenario equivalente, por ejemplo una novela en la que alguno de nuestros lamentables tiranos, como Gustavo Díaz Ordaz, resucitase en 2013 y, decepcionado ante la pérdida de los valores nacionalistas del PRI, coquetease con la posibilidad de incorporarse a Morena.

 
Twitter: @jvolpi

Leído en http://www.elboomeran.com/blog/12/jorge-volpi/

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