martes, 17 de diciembre de 2013

Jorge Volpi - Buenas personas

Thomas Heiselberg es una buena persona. Alemán empleado en la oficina berlinesa de una señera firma estadounidense -una de las pocas que, desoyendo las recomendaciones del departamento de Estado, mantienen negocios abiertos en Alemania-, ha preparado estudios que han permitido su consolidación en el mercado. Como muchos de sus contemporáneos, detesta el antisemitismo -de hecho, se analiza con una judía-, considera que los líderes nazis son unos mentecatos que no tardarán en ser defenestrados e intenta mantenerse al margen de la política. Pero, cuando en septiembre de 1939 Hitler ordena la invasión de Polonia, Thomas no duda en ofrecer sus servicios a las autoridades del nuevo Gobierno General. Allí, constatará que sus eficientes modelos de gestión serán responsables de buen número de muertes, pero ni así abandonará su encargo.





            No muy lejos de allí, en la Unión Soviética -entonces todavía aliada de Hitler-, Alexandra Weiesberg también es una buena persona. Hija de un par de intelectuales judíos, se ha prestado a colaborar con la policía secreta de Stalin con el único fin de salvar las vidas de sus hermanos. A tal efecto, se ha prestado a delatar al círculo de sus padres -y a ellos mismos-, en una disyuntiva que recuerda la vivida por la protagonista de La decisión de Sophie de William Styron (brillantemente encarnada por Meryl Streep en la película homónima).
            Estas dos figuras, cuyos destinos confluyen trágicamente en Brest  poco antes del inicio de la operación Barbarroja, son los protagonistas de Las buenas personas (2010) de Nir Baram, la primera novela israelí que se atreve a abordar el Holocausto. Sólo que, a diferencia de lo que ocurre en buena parte de la ingente cantidad de libros y películas sobre el tema, Baram no ha querido regodearse en las atrocidades de los verdugos o en los actos de heroísmo o supervivencia de las víctimas, sino en esa zona gris -para usar el término de Primo Levi- habitada por quienes, con su pasividad o su silencio contribuyeron a que ocurrieran algunos de los mayores crímenes de la historia.
            Como toda gran novela histórica, el mayor mérito de Las buenas personas radica en su capacidad para hablarnos del presente, más que del pasado. Porque esas buenas personas que toleraron la carnicería nazi son las mismas que luego prefirieron no escuchar las noticias que alertaban sobre los genocidios de Camboya o la antigua Yugoslavia, de Ruanda o Darfur. Porque esas buenas personas siguen aquí, indiferentes a los horrores que se cometen a unos pasos. Porque esas buenas personas somos nosotros. Para constatarlo, basta leer otra deslumbrante novela política, en este caso mexicana: La fila india (2013) de Antonio Ortuño.   
            Hace unos días, mientras el taxista me llevaba del aeropuerto de Guadalajara rumbo a mi hotel, me tocó observar, al lado de las vías del tren, las filas de inmigrantes centroamericanos que, obligados por una razón u otra a descender de La Bestia -el infame tren que los conduce desde la frontera sur hasta la frontera norte-, mendigan un trabajo a poca distancia de las instalaciones en donde se celebra la Feria del Libro. Días después, me topé esa misma escena en La fila india, el perturbador relato sobre las atrocidades que se suman a diario contra guatemaltecos, hondureños, salvadoreños o nicaragüenses mientras nosotros, idénticos a los pulcros burgueses de Múnich o de Hamburgo, cerramos los ojos.
            A partir del incendio de un centro para refugiados en Santa Rita, Sta. Rita -cualquier ciudad en nuestra frontera sur-, esta obra que combina las virtudes de la fábula moral y del panfleto acusatorio narra las pesquisas de Irma, una investigadora de la Comisión Nacional de Migración, y su descubrimiento de la complicidad de su propio instituto -y de todo el país- con la explotación y el homicidio de cientos de inmigrantes centroamericanos. Yeni, la única sobreviviente de la masacre, encarna a todos esos Otros que pululan por nuestras calles y que son cotidianamente maltratados, vejados, violados y asesinados sin que nosotros, tan buenos y tan genuinamente preocupados por los derechos humanos, hagamos nada para frenarlo. Como advierte el propio Ortuño: "No hay santuario para ellos en este país. Lloramos a nuestros muertos mientras asesinamos y arrojamos a las zanjas a legiones de extranjeros, y lo hacemos sin despeinarnos ni parpadear". Somos, en sus palabras, "un país de víctimas con garras de tigre".
Un país de buenas personas.

Twitter: @jvolpi



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