martes, 18 de febrero de 2014

Ewald Scharfenberg - La hora de Leopoldo López

Parece probable que Leopoldo López se consagre como mártir este martes en Caracas. El político de 42 años, egresado de la prestigiosa escuela Kennedy de la Universidad de Harvard e hijo de una familia cuyo linaje se remonta hasta los tiempos coloniales, ha anunciado que reaparecerá desde la clandestinidad y se presentará ante el Ministerio de Interior y Justicia. El Gobierno, que le atribuye la organización de los desórdenes que desde el miércoles pasado mantienen en jaque al país, lo busca para detenerlo desde que ese día se emitió una orden de captura en su contra.
López es una de las bestias negras de la oposición que más irritan al chavismo. Para la revolución, que ha exacerbado las contradicciones raciales y de clase, López es un patiquín. El término del castellano criollo denomina a un señorito pizpireto, algo presumido, hijo de papá, algo desocupado, que profesa desprecio por los pobres e incultos. El presidente Nicolás Maduro, sin más refinamientos, lo llama El Trono, la palabra que coloquialmente designa en Venezuela al yonki, al drogado.





López y un grupo de jóvenes —Julio Borges, Henrique Capriles Radonski, abogados ambos— fundaron Primero Justicia (PJ) a finales de los noventa, una asociación civil consagrada a la promoción de la justicia de paz en Venezuela, y en la actualidad, el principal partido de oposición. Durante ocho años (2000-2008) llevó adelante una gestión ejemplar en el municipio de Chacao, el rico cantón del este de Caracas. Pero su ascenso quedó opacado por el auge simultáneo de Capriles Radonski, parlamentario, alcalde del municipio Baruta de Caracas, y gobernador del Estado de Miranda, consecutivamente.
No es de extrañar que se sintiera bloqueado bajo el techo del PJ, del que se separó, con otros militantes, en 2008. Pero ese mismo año llegó otro cepo que pareció definitivo para atajar sus ambiciones. La Contraloría General de la República —dominada por el Ejecutivo— emitió una resolución administrativa que prohibía a López postularse por seis años para cargos de elección popular. Para ello alegó supuestas irregularidades en la gestión de la alcaldía de Chacao. Aunque la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) determinó que esa resolución violaba los derechos políticos de López, el castigo se ha mantenido vigente por una decisión del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), también controlado por el Gobierno.
La rivalidad circunstancial entre López y Capriles Radonski se transformó con el tiempo en antipatía personal. Ello no impidió que en las dos campañas presidenciales (octubre 2012 y abril 2013) del actual gobernador de Miranda, López sirviera lealmente como coordinador, donde hizo gala de su capacidad de gestión. En esa posición fue organizador de los actos de calle de la candidatura opositora, rol que lo puso otra vez en la mira del oficialismo.
Las dos candidaturas consecutivas de Capriles podrían haberlo consolidado como líder indiscutible del campo opositor. Pero en ambas ocasiones salió derrotado, la segunda, por un margen mínimo del 1% frente a Nicolás Maduro, una ventaja que podía desvanecerse si los reclamos de irregularidades durante las elecciones eran aceptados. Como Capriles decidió prescindir de las movilizaciones de calle para forzar una repetición de los votos y un eventual derrocamiento del régimen, se enajenó el apoyo —siempre a disgusto— del sector más radical de la oposición, un público dispuesto a escuchar planteamientos menos atados al calendario electoral. Tal fue el atajo que Leopoldo López, junto a su aliada —quizás temporal—, la diputada María Corina Machado, tomó para ganarse de nuevo un puesto en el liderazgo opositor. Su actual campaña de desobediencia se llama La Salida. Tal vez su salida sea de la Mesa de Unidad Democrática (MUD), aunque los voceros de la alianza opositora tratan de minimizar la fractura entre las dos alas.


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