lunes, 16 de junio de 2014

Sergio Sarmiento - Futbol y guerra

La mayoría de las guerras no se pelean por recursos como alimento y agua sino por conquista, venganza e ideología”.

Steven Pinker

El mundo se divide en dos en este momento: quienes ven uno, dos, tres o hasta cuatro juegos de futbol al día y quienes se desesperan ante la locura que la Copa del Mundo genera entre personas que parecían cuerdas.

Pero aun quienes aborrecen el futbol pueden entender que este juego tiene consecuencias positivas para la sociedad.

Ya en 1915 el doctor Walter B. Cannon de Harvard argumentaba en un artículo en el New York Times que los encuentros deportivos pueden reemplazar la necesidad de conflicto de los seres humanos y disminuir la incidencia de guerras.

Muchas han sido las voces desde entonces que han respaldado la idea de que las competencias deportivas, entre ellas el futbol, el más universal de todos los juegos, son parte de un proceso que ha permitido disminuir la violencia entre los humanos.









La simple expresión de esta idea parece una estupidez para quienes afirman que vivimos en tiempos de gran violencia. Cómo argumentar que el deporte disminuye la violencia cuando vemos guerras y homicidios por doquier. Algunos piensan que la violencia de hoy contrasta con un pasado idílico, sin civilización y sin propiedad privada, en que las comunidades humanas eran más pacíficas y felices.
La guerra y la violencia siguen siendo una realidad en muchos lugares, es verdad, pero el investigador canadiense Steven Pinker de la Universidad Harvard argumenta que ha habido una disminución importante en el número de humanos que sufren muertes violentas a manos de otros humanos.
Entre el siglo XIII y el XX en Europa, señala Pinker, el número de muertes violentas ponderado por la población ha caído en 95 por ciento.
El arqueólogo Lawrence Keeley señala que en las sociedades nómadas de hace 10 mil años un hombre tenía entre 15 y 60 por ciento de probabilidad de morir a manos de otros seres humanos en el transcurso de su vida. Muchas de las muertes eran provocadas por guerras tribales que eran una realidad cotidiana.
En el último siglo, a pesar de las dos guerras mundiales, otros conflictos violentos y los homicidios objeto de cotidianos y sensacionalistas titulares en diarios y noticiarios, un europeo o un norteamericano tiene mucho menos de 1 por ciento de probabilidades de morir a manos de otro ser humano.
La incidencia de homicidios es mayor en algunos países. México, por ejemplo, tiene casi 20 homicidios por cada 100 mil habitantes, Estados Unidos 5 y los países de Europa occidental menos de 2. Pero aun así las cifras de muertos por violencia y por guerra son mucho más bajas que las de hace 10 mil años.
Aun en el México de 20 homicidios por 100 mil habitantes, la probabilidad de que una persona muera a manos de otra persona es menor a 2 por ciento en 80 años de vida.
No se puede atribuir al deporte, por supuesto, todo este descenso de la violencia. Muchos factores sociales están en juego, entre ellos una mayor educación y un mejor trabajo de la policía. Tanto Pinker como el británico Matt Ridley apuntan también que el comercio internacional ha ayudado.
Pero por alguna razón, que los griegos descubrieron con sus Juegos Olímpicos, los cuales aprovechaban para declarar una tregua en sus guerras, los humanos parecen menos dispuestos a matar a otros humanos si pueden derrotarlos en una cancha de futbol.
Es cierto que el futbol genera acciones de violencia en las tribunas y en la cancha, mientras que la guerra de 100 horas entre El Salvador y Honduras de 1969 fue detonada en parte por un partido eliminatorio para la Copa del Mundo. Hay indicios que sugieren, sin embargo, que el futbol y otros deportes pueden servir para sublimar los impulsos colectivos de violencia.
Otra vez Irak
El gobierno de Barack Obama dice estar estudiando nuevamente la posibilidad de mandar tropas a Irak por el avance de los grupos yihadistas. Los gobernantes estadounidenses ya deberían haber aprendido la lección. Las intervenciones militares no sirven al final para nada.


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