viernes, 15 de agosto de 2014

Juan Villoro - El pan que cayó del cielo

Qué es la patria? Los sabores y los olores de la infancia”. Esta frase sobre el origen sensorial de la memoria pertenece a un autor casi olvidado: Lin Yutang. El escritor chino define el sentido íntimo de pertenencia con el que Proust recuperó el tiempo perdido al remojar en una taza de té la magdalena más famosa de la literatura.

El pasado tiene diversas formas de volver a nosotros. Los pocos datos que tenemos de Cervantes han alimentado la notable biografía escrita por Jean Canavaggio y miles de páginas de variada erudición. Hace unos días se dieron a conocer documentos que agregan unas pinceladas al elusivo retrato del novelista.









Ahora sabemos que estuvo en La Puebla, fue proveedor de trigo para la flota de Indias, ganó buen dinero por ello y tuvo relación con una bizcochera llamada Magdalena Enríquez, natural de Sevilla. El último dato es el más relevante: un nuevo personaje se mezcla en el destino del autor.


Magdalena tenía poder notarial para cobrar el salario devengado por Cervantes. Debía tratarse de una viuda, pues una mujer soltera o casada no podría haber recibido el poder. Aunque es posible que tuvieran una relación meramente práctica, el autor del Quijote despierta especulaciones novelescas y los filólogos ya buscan pistas intertextuales para descifrar un romance en Sevilla.

En la era de Facebook, donde la gente exhibe las más nimias bagatelas de su vida cotidiana, el hallazgo cervantino no parece muy contundente. Sin embargo, lo interesante del caso es la capacidad del azar para volverse literario.

Por principio de cuentas, la mujer en cuestión se llama Magdalena, nombre que asociamos con la tentación y la culpa en el Evangelio y con el pastelillo memorioso de Proust: el recuerdo sabe a pan.

Para perfeccionar la coincidencia, la apoderada de Cervantes trabajaba como bizcochera.
En el capítulo LVIII del Quijote, el protagonista comenta que no vale la pena asistir a un banquete en un palacio si esa hospitalidad tendrá que ser pagada con sumisiones o favores. La verdadera recompensa consiste en recibir algo sin dar nada a cambio: “Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecérselo a otro que al mismo cielo”. Ningún platillo supera al pan de los hombres libres.

La exigua información arrojada por los documentos recién descubiertos otorga vibrante realidad a esa frase, escrita por el proveedor de trigo de la armada cuyo salario era cobrado por una panadera. La máxima de Cristo “No sólo de pan vive el hombre” impulsó a Dostoievski a escribir “El gran inquisidor”, capítulo medular de Los hermanos Karamázov, donde el espíritu se contrapone a las ataduras materiales. Pero no puede pensar quien no ha comido. Por eso Cervantes asocia la libertad con un pan que cae del cielo y Victor Hugo muestra la maldad del mundo a través de la condena que recibe Jean Valjean: veinticinco años de cárcel por robar unas hogazas de pan para sus sobrinos.

Otro aspecto significativo de los documentos hallados es el hecho mismo de otorgar poder. Para Cervantes, resulta más importante custodiar lo ajeno que ser dueño de lo propio. No se postula como el padre del Quijote, sino como su padrastro: administra los papeles del supuesto autor árabe Cide Hamete Benengeli.

En un sugerente discurso, escrito para la Academia Mexicana de Jurisprudencia y Legislación, Francisco Javier Arce Gargollo, notario 47 del Distrito Federal, analiza el testamento de Alonso Quijano, quien nombra albacea (palabra de origen árabe entonces novedosa) al cura y al bachiller Sansón Carrasco. El Quijote muere otorgando poderes para que otros cuiden de sus bienes.

El fundador de la novela moderna era un apasionado de los actos de confianza. Escribió un libro como quien custodia una obra ajena y la última voluntad de su protagonista fue una cesión de dominio. Alonso Quijano enloqueció de tanto leer novelas de caballería y confundió el mundo con un libro; la prueba de que recuperó la dolorosa y necesaria lucidez está en su testamento.

Cervantes hizo numerosos trámites de escribanía. Uno de ellos tuvo que ver con Magdalena, panadera capaz de recordarnos que no sólo de pan vive el hombre.

Lo revelador del hallazgo son las asociaciones que provoca. No sabemos quién fue Miguel de Cervantes, pero el mundo es cervantino.




Leído en http://criteriohidalgo.com/notas.asp?id=257001


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Por favor, sean civilizados.