lunes, 26 de marzo de 2012

Xavier Velasco - El club de los perplejos




Hay en México más de 30% de electores con bajo apetito democrático. Son los indefinidos y no se tragan cualquier bocado.

Indefinidos”, suelen llamarnos quienes hacen las encuestas, aunque a veces también nos dicen “indecisos”. Una categoría donde cabemos tantos y tan distintos votantes potenciales que de muy poco sirve ser casi mayoría. Ni siquiera dos puntos porcentuales nos separan del candidato más aventajado, si bien lo que nos une es puro escepticismo, cuando no hueva vil y pegajosa. Porque vamos al alza, pese a todo. Si entre otras mayorías es notorio cuando menos algún impostado entusiasmo, la nuestra ve al futuro con cara de fuchi. De ser esto un programa de televisión, hace rato que habríamos cambiado de canal.
Como es de comprenderse, los menos convencidos somos también los más hostigados. De nosotros depende en buena parte quiénes, entre tantos golosos, habrán de repartirse el pastel del poder. Nada tiene de raro que mientras nos asedian con propaganda hueca y dulces carantoñas se relaman de paso los bigotes y den un trago largo de saliva, si al cabo lo que quieren es un poco de teta, por el amor de Dios. Pero los indecisos somos de teta díscola, más todavía si ésta se nos exige a toda hora y por todos los medios. Más sencillo sería contagiar el espíritu navideño mediante sobredosis de villancicos que inyectar entusiasmo democrático en un indefinido con propaganda estólida y machacona.
En rigor, deberían llamarnos perplejos. Es decir, dudosos, inciertos, irresolutos, confusos, no porque las opciones parezcan suculentas sino justo al contrario: hemos de decidirnos entre bocados poco apetitosos. Si otros ya se anticipan al banquete con la glotonería impresa en las pupilas, al perplejo le bastaría con saber cuál de los tres manjares será menos dañino, toda vez que ninguno termina de antojársele. Peor aún si tomamos en cuenta que un comistrajo de estos ha de tragarse a diario durante varios años. Pues tal es el problema: puede uno masticar las porquerías y pretender que no saben tan mal, pero de ahí a tragárselas hay demasiadas náuseas de por medio.
Si existiera un registro de razones por las que decidimos que un candidato es preferible al otro, es seguro que miles o millones de ellas merecerían el rango de sinrazón. Más todavía cuando lo que interesa es encontrar al menos pernicioso. Elegir entre fruta descompuesta, filete con triquina y pescado agusanado no es la mejor manera de hacer hambre; de ahí que seamos tantos los inapetentes. Es, sin duda, probable que el menú resulte un poco menos insalubre de lo que nuestras bascas anticipan —tal es la alegre apuesta de los propagandistas—, sin embargo los números son elocuentes: somos una legión con la nariz tapada.
“Nunca en mi vida votaría por el PRI”, presumimos algunos, como dando por hecho que las otras opciones no se le parecen. ¿Qué es la izquierda tartufa del PRD, sino una calca hedionda del PRI chapucero y retrógrada de los años setenta? ¿Y cómo es que en el PAN menudean los liberales vergonzantes, prestos a cortejar al viejo perredismo echeverrista que a su vez los acusa de priístas? Si uno al fin decidiera hacerle el feo al PRI en el fondo de las urnas, tendría que quedarse sin votar. Y tal vez aun así lo favorecería.
Tenemos, pues, al PRI de hoy luchando contra el PRI del siglo pasado, y en medio de los dos a una buena señora de sonrisa impertérrita que por lo visto vive rodeada de ineptos decididos a hacerla tropezar. Sería refrescante que al fin una mujer luciera sobre el pecho la banda tricolor en un país regido según los estatutos del Club de Toby, pero habría que ser un sexista asqueroso para insinuar que el género femenino de por sí garantiza un gobierno mejor. De pronto la igualdad entre los sexos pasa por aceptar que en numerosas ocasiones mujeres y hombres somos igual de torpes.
Es, pues, lo más probable es que haya en este mundo similar proporción de ineptas e ineptos. Vistos desde el rincón de los perplejos, nada nos garantiza que la candidata y sus impulsores se hallen libres de ser así censados. Y eso es lo que termina de aperplejarnos en este carnaval de dinosaurios donde el pasado oscuro es una taenia solium que termina nutriéndose de cuanto nos tragamos. ¿Cómo no vamos a pensarlo mil veces antes de decidirnos a deglutirlo?
“Se ve muy rico, gracias, pero es que no tengo hambre”, se excusa uno en estas situaciones, y se condena así a que se le persiga cucharón en mano. “Trágate esto”, nos gritan, y por toda respuesta nos tapamos la boca, la nariz y los ojos. Por mí, que de una vez nos llamen Los Asqueados.

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