martes, 22 de mayo de 2012

Reyes Heroles - De odios y votos

¿Cuál es el límite? ¿Cómo distinguir entre una pasión sana y una que no lo es? Las grandes pasiones han estado detrás de muchas de las mejores expresiones del ser humano, artísticas, políticas, etcétera. También lo es que ese volcán interno ha escrito muchos de los capítulos más vergonzosos de la historia. La pasión es un arma de doble filo. Vivir sin pasión es tanto como transitar por la vida sin abrir el corazón. Pero quien vive atrapado por la pasión es un esclavo. Todo proceso civilizatorio supone el raciocinio de las pasiones. Esa es la vía para alejarse de la barbarie. La madurez implica domesticar las pasiones, cultivar unas y domar otras.

De nuevo, ¿cuáles son los límites? Los deportes generan grandes pasiones. En un partido de futbol son los gritos y expresiones apasionadas de los seguidores de tal o cual equipo los que sacuden el alma. Hasta allí todo bien, pero arrojar objetos a los jugadores o liarse a trompadas por un juego no deja de ser un acto de barbarie. La política también genera muchas pasiones, sobre todo durante los procesos electorales. Todo mundo debe tener derecho a expresar simpatías y antipatías, derecho a apasionarse. Pero en una democracia las pasiones deben conocer sus límites. Impedir que alguien exprese sus ideas no es democrático. Acallar es autoritario. Hay algo aún más grave: el ejercicio de algún tipo de violencia en el amplio espectro que ella abarca. ¿Es admisible que se insulte a alguien? No digo discrepar, me refiero a gritar expresiones como ladrón, asesino y no sustentarlas. El respeto al otro comienza por las palabras que usamos y por el respeto a las palabras en sí mismas. Estamos ciertos o lanzamos improperios para simplificar una agresión.

Los personajes públicos provocan filias y fobias, el problema surge cuando unas y otras llevan a las personas a perder el autocontrol del que tanto hablara Norbert Elías. Acaso es parte del juego democrático que alguien arroje un objeto -un huevo, un zapato- a quien está en uso de la palabra. Ocurre, es cierto, pero no deja de ser una agresión. Ampliar los márgenes de tolerancia a las agresiones no conduce a nada bueno. Impedir que alguien entre o salga de un recinto, que ejerza su derecho de tránsito, es una de las agresiones personales más directas que puede haber. Esa tolerancia excesiva provoca una escalada que mina la esencia misma de toda democracia: la libertad de expresarse, de apoyar o disentir.

Incorporar como parte de la normalidad democrática este tipo de sucesos se convierte en una invitación abierta a subir de tono las palabras, de callar al contrario, de someterlo a algún tipo de vejación. En las democracias que tanto decimos admirar las peores discrepancias se discuten respetando reglas básicas de la convivencia. Que en ocasiones veamos trompadas entre legisladores no es nada que debamos emular.

En México la elección del 2000 estuvo cargada de un antipriismo que llegó a ser enfermizo. Doce años después -nos guste o no- tenemos que admitir que una gran porción de los mexicanos sigue apoyando con sus votos al PRI. Merecen todo el respeto de sus adversarios. La elección del 2006 inyectó enormes cantidades de veneno: ricos contra pobres, los de arriba contra los de abajo, fraudulentos contra legítimos, etcétera. Resultado: ese veneno sigue corriendo por las venas de muchos mexicanos. El ambiente de la elección del 2012 se ha viciado. Basta con ver las agresiones e improperios a periodistas que desfilan por las redes sociales para darnos cuenta de lo bajo que estamos cayendo. La ventaja del puntero ha desatado furias que en nada ayudan a la construcción democrática. Las reacciones impertinentes, tampoco. Pero la consecuencia es clara: los niveles de intolerancia están subiendo.

Se trata entonces de un proceso que ya lleva años, con capítulos muy graves. Hay una trampa original: los argumentos y los votos son en contra de y no a favor de. Voten contra el PRI porque es la oscuridad. Voten contra AMLO porque es un peligro. Voten contra el PAN porque es la reacción. La elección del 2012 debería dar un paso adelante y convertirse en una elección de opciones, una elección de agenda temática. Eso fue lo que intentó el ejercicio de las "Preguntas... que podrían cambiar a México". Esa es la intención explícita del ejercicio que Reforma está llevando a cabo.

Cómo financiar un sistema universal de salud, cómo modernizar el sector energético, cómo debe ser una reforma hacendaria que procure mayor justicia. Cómo se debe elevar la calidad de la educación. Cómo transparentar el uso de los recursos públicos. Qué hacer con las pensiones. Cómo aprovechar el bono demográfico. Cómo modernizar el agro y sacar de la miseria a millones. Preguntas concretas que merecen respuestas concretas. Además las pasiones sin brida distraen. México requiere concentración y no una danza de fobias. No se aprendió la lección: sembrar odios no lleva a cosechar votos.



Leído en http://www.reforma.com/editoriales/nacional/658/1314858/

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Por favor, sean civilizados.