viernes, 10 de agosto de 2012

José Fernández Santillán - México: ¿gobierno de leyes o gobierno de hombres?

José Fernández Santillán
Para tratar de explicar el momento político por el que está atravesando México quisiera echar mano de un recurso propio de la teoría política. Se trata de la dicotomía clásica entre el gobierno de las leyes y el gobierno de los hombres (cfr. Norberto Bobbio, El futuro de la democracia, México, Fondo de Cultura Económica, 2010, pp. 167-189). Me parece extraño que hoy no hayamos recurrido a este binomio dado que, para explicar nuestra historia, sí hemos atendido sus planteamientos. 

Es el caso de lo sucedido con el fracaso del porfiriato que fue un régimen de un hombre que no supo institucionalizarse. De allí el estallido revolucionario de 1910. Esa rebelión armada se sintetizó en la Constitución de 1917. No obstante, el país tardó en pacificarse. Debió pasar de un régimen de caudillos (gobierno de los hombres) a un régimen de instituciones (gobierno de las leyes) según la famosa frase pronunciada por Plutarco Elías Calles en su último informe de gobierno rendido el 1 de septiembre de 1928. 



La aportación del régimen de la revolución al proceso civilizatorio del país fue, justamente, la institucionalización de las relaciones de poder. No obstante, se trató de una institucionalidad autoritaria. Ella prevaleció de 1929 a 1977, fecha esta última en la que se dio un giro; México se abrió a la pluralidad democrática. De allí en adelante, para evitar el regreso al gobierno de los hombres, construimos la institucionalidad democrática. A ella concurrieron todas las fuerzas políticas del país (derecha, centro e izquierda). Como lo diría Mariano Otero, aquello fue “un acuerdo en lo fundamental”. 

No olvidemos, sin embargo, que el trayecto fue complicado: las elecciones de 1988 y 2006 estuvieron marcadas por serias irregularidades y consecuentes impugnaciones. Debido, precisamente, a los acontecimientos de 2006 la institucionalidad democrática se reforzó. Tengo para mí que estas elecciones de 2012, si bien tuvieron defectos, en lo fundamental fueron limpias. Pero he aquí que el Movimiento Progresista encabezado por Andrés Manuel López Obrador ha vuelto a echar mano del expediente del fraude electoral para impugnar las elecciones presidenciales. Piden que se invaliden. A mi parecer, el embate no es contra un partido o un candidato, sino contra la institucionalidad democrática en su conjunto teniendo como punta de lanza el liderazgo carismático y populista del tabasqueño. 

El neopopulismo es el intento de doblegar a las instituciones de la república para ponerlas a los pies de un caudillo. Eso es lo que está en la sustancia del movimiento lopezobradorista al que se han adherido el #Yosoy132, el SME, la CNTE, Atenco. El lopezobradorismo dice respetar el marco legal, pero ataca a quienes se oponen a sus propósitos. Para ellos no opera el espíritu democrático de la tolerancia, el reconocimiento y el respeto del oponente, la discrepancia y la disidencia. Con toda razón Javier Sicilia le reprochó a AMLO a fines de mayo en el Castillo de Chapultepec: “algunos de los que te apoyan tienen espíritu fascista”. El fascismo no necesita tomar el poder para hacerse presente: allí están los ataques contra Soriana, Monex, las empresas encuestadoras y Televisa. A esa andanada hay que sumar las agresiones físicas y verbales contra periodistas, librepensadores y conductores de televisión y radio. Para que no haya duda del talante fascista de esta acometida, allí está la actitud de algunos de sus miembros. 

Sorprende que la izquierda democrática no haya saltado a la palestra para denunciar y frenar esta intentona. Lo que queda de ella debe ayudar a las demás fuerzas políticas del país a apuntalar y desarrollar la institucionalidad democrática (gobierno de las leyes). Ese es el mejor antídoto contra el neopopulismo (gobierno de los hombres). 

José Fernández Santillán, Profesor del Tecnológico de Monterrey (CCM)

Leído en: http://www.vanguardia.com.mx/mexicogobiernodeleyesogobiernodehombres-1348566-columna.html

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