domingo, 19 de mayo de 2013

Poemas a Lady Profeco - Denisse Dresser

I.

Te recuerdo como eras en el Máximo Bistrot.

Eras la consentida con el corazón muy lejos de la calma.

En tus ojos peleaban las llamas del privilegio
Y las clausuras caían en el agua de tu alma.

Apegada a los brazos de la Profeco como una enredadera las hojas recogían tu voz enardecida y de alarma.

Hoguera de estupor en que el país ardía.

Envenenada orden torcida sobre nuestra alma.

Siento viajar tus ojos y es distante la democracia: boina gris, voz de buitre y corazón de hija de burócrata hacia donde emigraban tus profundos anhelos y dabas órdenes alegres como brasas.

Infiernos desde un restaurante.
Privilegio desde una oficina.



Tu recuerdo es de impunidad, de humo, de estanque en lodo!
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos de la carrera de tu padre.

Hojas secas de otoño giraban en su alma.

II.

Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes al restaurant clausurado.

Allí se estira y arde en la más alta hoguera mi frustración que da vuelta los brazos como un náufrago.

Hago rojas señales sobre tus ojos exigentes que olean como el mar a la orilla de un faro.

Sólo guardas tinieblas, hembra distante y protegida, de tu mirada emerge a veces la costa del espanto.

Inclinado en las tardes echo mis tristes menús a ese mar que sacude tus ojos diabólicos.

Los pájaros nocturnos picotean las primeras estrellas que centellean como tu padre ahora sin empleo.

Galopa la noche en su yegua sombría desparramando volantes de “Se busca trabajo” sobre el campo.

III.

Abeja negra zumbas --ebria de poder entre comensales y te tuerces en lentas espirales de humo.

Soy el hambriento desesperado, la palabra sin ecos, el que lo perdió todo, y el que todo lo tuvo, antes de que llegaran tus cómplices.

Última cucharada, cruje en ti mi ansiedad última.

En mi tierra desierta eres tú el último bocado.

Ah gritona!
Cierra tus ojos profundos.
Allí aletea la noche de la Profeco eficaz.

Ah revela tu cuerpo de hija imperiosa.

Tienes ojos profundos donde la noche alea.

Frescos brazos de espinas y regazo de estacas.

Se parecen tus órdenes a los caracoles blancos.

Ha venido a dormirse en tu vientre una araña de sombra.

Ah gritona!
He aquí la soledad hambrienta de donde estás ausente.

Llueve.
El viento del mar mueve los letreros de “Clausurado”.

El agua anda descalza por las calles mojadas.

De aquellas mesas se quejan, como enfermos, los que tuvieron que irse.

Abeja negra, presente, aún zumbas cerca de mi menú.

Revives en el tiempo, delgada y gritona.

Ah gritona !
IV.

Ebrio de enojo y un despido inusitado, estival, el velero de las espina dirijo, torcido hacia la muerte del delgado día que mi hija produjo, cimentado en el sólido frenesí de mi exoficina.

Pálido y amarrado a mi agua devorante cruzó en el agrio olor del clima descubierto.
aún vestido de gris y sonidos amargos, y una cimera triste de abandonada espuma.

Voy, duro de pasiones, montado en mi quincena única, fría, repentina, escondiéndome de la prensa islas negras y agrias como cadáveres frescas.

Tiembla en la noche húmeda mi humillación pública locamente cargado de eléctricas gestiones, de modo heroico dividido en sueños y lecciones políticas injustas practicándose en mí.

Aguas arriba, en medio de las olas externas,
tu paralelo cuerpo de hija sigue de restaurante en restaurante como un pez infinitamente pegado a mi alma rápido y doloroso como la muerte política.

V.

Hemos perdido aún esta batalla.

Todos nos vieron esta tarde cuando fui despedido mientras la noche azul caía sobre el mundo.

He visto desde mi ventana la fiesta de Los Pinos en los cerros lejanos.

A veces como una moneda se encendía un pedazo de sol entre mis manos.

Yo te recordaba con el alma apretada de esa tristeza que tú me conoces.

Entonces, dónde estabas?
En qué restaurant?
Entre qué gente?
Diciendo qué palabras?
Dando qué órdenes a mi personal?
Por qué se me vendrá todo el coraje de golpe cuando me siento despedido, y te siento abusiva?
Cayó el menú que siempre se toma “Máximo Bistrot”en el crepúsculo, y como un perro herido rodó a mis pies mi capa.

Siempre, siempre te alejas en las tardes hacia donde el crepúsculo corre borrando puestos.

VI.

Casi fuera del cielo ancla entre dos calles de la Colonia Roma la razón de mi caída.

Girante, errante noche, la cavadora de ojos, mi hija.

A ver cuántas estrellas trizadas en la charca.

Hace una cruz de luto entre mis cejas, huye.

Fragua de metales azules, noches de las órdenes que diste, mi corazón da vueltas como un volante loco.

Niña venida de tan lejos, traída de tan lejos, a veces fulgurece tu mirada debajo del cielo.

Quejumbre, tempestad, remolino de furia, cruza encima de mi corazón, sin detenerte.

Viento de los sepulcros acarrea, destroza, dispersa tu raíz mimada.

Desarraiga los grandes árboles al otro lado de ella.

Pero tú, mimada niña, pregunta de humo, espiga.

Era la que iba formando el viento con hojas iluminadas.

Detrás de las montañas nocturnas, blanco lirio de incendio mediático ¡allá nada puedo decir!
Eras hecha de todas las cosas que te enseñé mal.

Ansiedad que partiste mi pecho a cuchillazos, es hora de seguir otro camino, donde Peña Nieto no me quiere.

Tempestad que enterró las campanas, turbio revuelo de tormentas para qué regañar a mis achichicles ahora, para qué entristecerlos
Ay que seguir el camino que se aleja de todo, donde nos está atajando la angustia, la muerte política, con sus ojos abiertos entre el rocío de la Profeco descabezada.

VII.

Para mi corazón bastan tus órdenes de clausura, para tu libertad bastan ganas de comer en otro lado.

Desde mi boca llegará hasta el bar de otro restaurante lo que estaba dormido sobre tu alma enferma.

Es en ti la ilusión de la arbitrariedad de cada día.

Llegas como el rocío a las corolas.

Socavas a los meseros con tu ausencia.

Eternamente en fuga como la ola.

He dicho que cantabas el himno de la Profeco como los pinos y como los mástiles.

Como ellos eres alta y taciturna.

Y entristeces de pronto como un viaje.

Acogedora como un viejo camino.

Te pueblan ecos y voces de los empleados de tu padre.

Yo desperté y a veces emigran y huyen menus arrumbados que dormían en tu alma.

Fuente: Proceso 1907 18 mayo 2013

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