jueves, 1 de agosto de 2013

Alberto Aziz Nassif - Banalidad de la política

La reciente película de Margarethe von Trotta, Hannah Arendt, visibiliza un viejo debate que sigue vigente. En este 2013 se cumplen 50 años de la polémica obra de Arendt: Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal

Este film reconstruye los acontecimientos que acompañaron la escritura del libro. Esta obra se actualiza en una versión fílmica muy bien realizada y representa un desafío para analizar la vigencia de la tesis de la banalidad.

El origen del libro son los artículos que publicó Arendt, en febrero y marzo de 1963 en la revista New Yorker, después de haber sido testigo del juicio al nazi Adolf Eichmann en Jerusalén. La película muestra el escándalo que se generó por la publicación de esta obra; el malestar que tuvo la comunidad judía y el abandono de varios amigos de la autora por su tesis de la banalidad del mal.




Uno de los momentos mejor logrados de la película es la defensa que hace Arendt ante alumnos y maestros de la universidad en Estados Unidos, donde impartía clase. En esas escenas expone de qué forma llegó a su planteamiento: el criminal de guerra era una persona “normal” y no un monstruo, sino un burócrata, un hombre medio que no pensaba por sí mismo y que se dedicaba a obedecer órdenes de sus superiores. Eichmann era una pieza de una gran maquinaria que fue la que realizó la matanza masiva, la “solución final”, para exterminar a los judíos en Europa. Pero hubo otras dos tesis muy polémicas: una sobre la colaboración de ciertos liderazgos de la comunidad judía en la matanza a través de “tareas administrativas y policiales”, y otra sobre el juicio que se le hizo a Eichmann, que estuvo lleno de “irregularidades y anomalías”.

El análisis de Arendt pretende ser una lección sobre lo que el caso representó. Dice la autora: “No, Eichmann no era estúpido. Únicamente la pura y simple irreflexión —que en modo alguno podemos equiparar a la estupidez— fue lo que le predispuso a convertirse en el mayor criminal de su tiempo. Y si bien esto merece ser clasificado como ‘banalidad’ (…) una de las lecciones que nos dio el proceso de Jerusalén fue que tal alejamiento de la realidad y tal irreflexión pueden causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizás, a la naturaleza humana” (p. 434-435). La autora se limita a investigar si ese tribunal “logró satisfacer las exigencias de la justicia”.

El estudio sobre la banalidad del mal deja una serie de interrogaciones. ¿Se puede establecer una cercanía entre lo que se ha denominado la crisis del desencanto político con el surgimiento de cierta banalidad de lo público? ¿Se puede establecer una vinculación del trabajo de Arendt sobre el poder de la burocracia en los individuos —fenómeno que estudió bien Weber para entender al Estado moderno—, para conectarlo con las dificultades que presenta la posibilidad de cambiar hábitos dañinos como el de la corrupción y la impunidad? Otra de las caras de esa banalidad en la política es ver de qué forma se diluyen las diferencias entre partidos y se da un predominio de los intereses burocráticos, que vuelven similares a todos los actores políticos, independientemente de sus discursos y banderas. Cuando lo que importa es conservar puestos, obtener votos y poder al costo que sea, quitar autonomía a las instituciones del Estado, reproducir inercias, lo que une a todas estas prácticas es una banalización de la política, en el sentido de que se convierten en irrelevantes las reglas y las diferencias de proyecto. Estas prácticas banalizan la política.

Una de las vetas de la obra de Arendt es el vínculo entre el mal y el sistema social. Otra de las conclusiones de su trabajo sobre los sistemas totalitarios es resaltar su capacidad para hacer “superfluos” a los individuos. ¿En qué momento, en una democracia, se vuelven irrelevantes o superfluos los ciudadanos? Tal vez esto sucede cuando las burocracias del poder se niegan de forma sistemática a someterse a los mecanismos de transparencia y rendición de cuentas; cuando se elige por cuota partidista una función autónoma. El sistema político logra producir su propia banalidad y, guardadas todas las proporciones, podemos imaginar que lo personajes corruptos del sistema no son esos monstruos perversos, sino simples piezas de una maquinaria burocrática que les permite reproducirse, independientemente del partido que gobierne. ¿Es esa la banalidad política en la que está sumida la democracia en México?

@AzizNassif


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