sábado, 10 de mayo de 2014

Jaime Sánchez Susarrey - 25 años

Origen es destino. El PRD nació, el 5 de mayo de 1989, de dos afluentes: el nacionalismo-revolucionario y el socialismo (marxista, en todas sus variantes). La casa común se construyó sobre el estatismo y el autoritarismo que profesaban tanto priistas como socialistas.

Esa convergencia fue posible porque el bloque priista, la Familia Revolucionaria, perdió su cohesión con la crisis económica de 1982.

Miguel de la Madrid la enfrentó rompiendo, a lo largo de todo su gobierno, dos pilares del viejo régimen: el estatismo, con la privatización de empresas, y el proteccionismo, con la entrada de México al GATT (1985).

La rebelión encabezada por Cárdenas y Muñoz Ledo, en 1986, pretendía echar abajo esos cambios y restaurar el nacionalismo-revolucionario, es decir, el estatismo y el proteccionismo.







Ese objetivo, por razones evidentes, se recubrió entonces de un lenguaje democrático: había que arrancarle al presidente De la Madrid la facultad de designar a su sucesor para impedir que la estrategia contrarrevolucionaria, neoliberal, liquidara al Estado revolucionario y subastara la soberanía nacional.

El PRD nació, pues, como el partido de las contrarreformas o de la reacción ante el cambio de rumbo. Pero no sólo eso. La cohesión de los expriistas y los socialistas, de todos los colores, sólo fue posible por el fuerte impacto que tuvo la candidatura de Cárdenas en 1988.

De no haberse producido ese fenómeno (Cárdenas obtuvo oficialmente el 30 por ciento de la votación nacional en 1988), ni los priistas disidentes, ni los socialistas, agrupados en el PSUM, habrían aceptado su liderazgo como indiscutible.

Pero en el pecado llevaron la penitencia. El PRD nació en torno a un caudillo y, desde entonces, no ha encontrado otra forma eficaz de mantener la cohesión. De hecho, el desplazamiento de Cárdenas por López Obrador siguió la misma pauta.

AMLO se impuso sobre Cárdenas porque se convirtió, durante los cinco años que duró en la jefatura de gobierno del Distrito Federal, en el personaje que podría alcanzar la Presidencia de la República.

En el momento en que esto fue evidente se produjo un triple fenómeno: la estampida a favor de López Obrador, la defenestración de Cárdenas y la consagración del hijo predilecto de Macuspana como el nuevo caudillo de los perredistas.

El ente ese, bautizado Partido de la Revolución Democrática, no deja de ser paradójico. De entrada, porque el PRD era y es cualquier cosa menos un ejemplo de organización democrática. Pero además, el caudillismo de la izquierda, practicado por los ex priistas, contrasta con el funcionamiento histórico del PRI.

El gran mérito del general Lázaro Cárdenas fue, justamente, deshacerse del general Calles para dar paso a un sistema institucional, aunque no democrático, que conjuraba la posibilidad de un hombre fuerte por encima de la Presidencia de la República.

Pero en 1989, la historia hizo una pequeña jugarreta mediante la cual el hijo del general Cárdenas se convirtió en el caudillo de la izquierda. Lo que ha ocurrido después no tiene por qué sorprender a nadie. Ningún partido, en ninguna parte del mundo, que dependa de un caudillo, es capaz de someter a examen su historia, programa e ideología.

Y menos aún, cuando el caudillo asume que su tarea no es romper viejos moldes, sino restaurar los principios y el funcionamiento del antiguo régimen.

La izquierda socialista, por su cuenta, tenía un pasado que examinar y una autocrítica que formular. El muro de Berlín cayó en 1989 y el bloque socialista se colapsó poco después. Pero el expediente se mandó a las calendas griegas. Había otras urgencias, como las victorias electorales.

Por lo demás, tanto en su funcionamiento interno (el centralismo democrático de Lenin), como en el externo, grandes líderes que reverenciar (Lenin, Trotsky, Stalin, Mao, Fidel, etcétera), las organizaciones socialistas eran más que proclives al autoritarismo.

De modo tal que el caudillismo, primero, de Cuauhtémoc Cárdenas y, luego, de López Obrador les vino como anillo al dedo.

Con un ingrediente adicional y fundamental que fomenta la disciplina, la obediencia, pero también la discordia y la corrupción: los recursos públicos, vía subsidios al PRD y las haciendas estatales, donde gobierna, convertidos en salarios, moches y privilegios para los perredistas. La revolución haciéndoles justicia, pues.

Dados estos factores, por qué asombrarse de la corrupción, el caudillismo, el autoritarismo, el clientelismo, el corporativismo y el rancio conservadurismo que, después de un cuarto de siglo, exuda el PRD.


@sanchezsusarrey


Leído en Reforma

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