lunes, 10 de septiembre de 2012

Jesús Silva-Herzog Márquez - Partido y movimiento

Jesús Silva-Herzog Márquez
A Ndrés Manuel López Obrador ha sido el Hitchcock de la política mexicana desde hace mucho tiempo. Un maestro de la tensión dramática, un talentoso manipulador de las expectativas, un hombre que juega con el fuego, que camina siempre en el precipicio. Nadie como él ha sabido atraer la atención y gobernar la tensión. Ayer, en el Zócalo de la Ciudad de México adelantó su estrategia tras la conclusión del proceso electoral. Era ya sabido que no aceptaría la decisión del tribunal y que no reconocería como presidente legítimo a Enrique Peña Nieto, pero no era claro cuál sería el siguiente paso. La película, hasta el momento, repetía el libreto del pleito anterior. El tono había sido distinto y la intensidad menor, pero el guión de la ilegitimidad parecía calca del episodio previo. De la sorpresa de la noche a una incoherente denuncia de irregularidades, de la demanda ante el tribunal al desconocimiento de las instituciones secuestradas.





En 2006, Andrés Manuel López Obrador optó por exilarse de la realidad. En una ceremonia francamente ridícula hizo que una plaza de simpatizantes lo proclamara "presidente legítimo", se cruzó el pecho con una tela tricolor y asumió un cargo de fantasía. Andrés Manuel López Obrador: Presidente Legítimo. Se hizo rodear de un gabinete tan leal que estuvo dispuesto a pagar los mismos precios del ridículo y acompañarlo en su política de guiñol. Aunque muchos en la izquierda no creyeran en la estrategia, no tuvieron más remedio que acatar su dictado: prácticamente nadie llamó Presidente a Felipe Calderón ni estuvo dispuesto a dialogar públicamente con su gobierno. La ficción en la que se refugió López Obrador fue el encierro de la izquierda del 2006 al 2012. Aprisionada en esa historieta, regaló al PRI la plataforma privilegiada de la oposición. Mientras la izquierda seguía atrapado en el cuento del Legítimo, el partido de Peña Nieto aprovechaba el baldío que dejaban quienes desertaban de la realidad.

En 2012 Andrés Manuel López Obrador no vuelve a romper con la realidad. Se aferra a su discurso de la ilegitimidad del nuevo gobierno, es cierto, pero no pretende regresar a su república paralela, ahí donde los suyos le llaman "presidente" mordiéndose los labios. Por el contrario, lo que anuncia el político es su decisión de afincarse en la realidad de la lucha política, en el territorio que es suyo, en sus dominios: los del movimiento social. López Obrador se separa de una política que nunca le ha acomodado: la política de partido, la política de las instituciones. De hecho, el anuncio de ayer sólo formaliza lo que ha sido su conducta desde hace años, lo que constituye su convicción política profunda: la verdadera política no está en los partidos políticos, ni se hace en el Congreso. Ese es el territorio enemigo: las burocracias de derecha, pero también de izquierda que obstruyen lo que él considera "cambio verdadero". Para López Obrador ese cambio auténtico sólo puede impulsarse desde fuera, desde abajo. Por eso no extraña que en su convocatoria de ayer no haya una sola mención a la fuerza legislativa de las izquierdas, a la posibilidad de que la representación parlamentaria negocie para convertir en ley las propuestas de su movimiento.
Podría pensarse que la convocatoria de ayer es un paso atrás en el complejo proceso de unificación de las izquierdas en México. Tras décadas de difícil convergencia, el máximo líder de esa fuerza decide apartarse del partido que recoge las alianzas históricas para caminar por su propia ruta. No lo veo así o, por lo menos, no lo veo así en este momento. Entiendo que la convocatoria implica sobre todo, una opción espacial, es decir, estratégica. López Obrador ejercerá su liderazgo ahí donde apenas hay restricciones normativas, en el movimiento social que dirige como caudillo incuestionable. No pretende ajustarse a los ritmos y a las cargas de la política partidista: será padre y dueño de un movimiento social que lo secundará con la aclamación. López Obrador reinará en el movimiento y desde ahí seguirá ejerciendo un inmenso poder sobre los partidos afines. Caudillo e institución siguen necesitándose. Por ello la amigable separación permitirá mayor autonomía al partido y al movimiento; generará distinciones saludables para la izquierda, podrá alentar también futuras coaliciones de conveniencia.
Defender la ruta institucional de la democracia mexicana no implica creer que la única forma de hacer política o de construir oposición sean los partidos y la representación parlamentaria. Necesitamos, sin duda partidos sólidos y bien institucionalizados que sean referentes de confianza para los electores, que sean puentes de acuerdo y murallas contra la arbitrariedad. Pero la política no se agota en los logotipos. También necesita de organizaciones sociales vivas y de movimientos sociales potentes.


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