lunes, 10 de septiembre de 2012

Sara Sefchovich - La capital ¿segura?

Sara  Sefchovich

Hace unos días, Marcelo Ebrard fue nombrado por la ONU presidente de la Red Global de Ciudades Seguras, algo que, según una ONG, significa “un reconocimiento implícito a su destacada labor como máxima autoridad de la capital del país, donde ha logrado mantener índices muy satisfactorios de seguridad pública y tranquilidad social, gracias a la implementación de medidas de adelanto mundial en la prevención del delito, sumadas a políticas públicas en materia social”.
En efecto, el trabajo de Ebrard al frente del gobierno capitalino ha sido excelente: las obras viales y las de transporte, la cultura, el apoyo a grupos sociales vulnerables, la capacitación de las policías, las leyes sobre libertad de decisión respecto al propio cuerpo y a la pareja. Lo he dicho en este espacio repetidas veces y como yo lo piensan 64% de los capitalinos, quienes, según una encuesta reciente, “aprueban su trabajo”. Y la aprobación crece hasta 85% cuando el sondeo se realiza entre líderes de opinión.




Pero siempre hay un sin embargo. Y esto es de lo que quiero hablar hoy, porque tiene que ver precisamente con el asunto por el que lo premiaron: el de la seguridad.
La palabra seguridad se refiere a dos cosas: la prevención del delito y la calidad de vida cotidiana. En el primer aspecto, la ciudad de México ha tenido importantes logros en cuanto a secuestros, asesinatos, extorsiones, robos. Hoy es una ciudad mucho mejor que la que era hace algunos años en estos aspectos. Y se ha salvado de la incursión en gran escala de la delincuencia organizada, pues aunque ya hemos visto algunos ajustes de cuentas, y sobre todo extorsiones, no se viven situaciones como las de Monterrey o Guadalajara.
Pero en lo que se refiere al segundo modo de entender la palabra seguridad, es donde los resultados son menos buenos: ¿quién se ha preocupado por las tribulaciones de los ciudadanos para hacer un trámite, caminar por las calles, cuidar su patrimonio que de la noche a la mañana se ve afectado por los cambios de uso del suelo?, ¿quién se ha preocupado por el ruido, por el tráfico en el que dejamos las mejores horas de nuestro día, por hacer que se cumplan las normas de la propiedad colectiva, por el comercio ambulante, por darle transparencia y seguimiento a problemas en las colonias, por poner luz y limpiar, reforestar y cuidar los de por sí escasos parques?
Los ciudadanos no tenemos ninguna protección: de repente junto a nuestra casa se abre un megacentro comercial, pero sin ampliar la calle, con lo cual se vuelve imposible pasar, o donde había una escuela se construye un edificio de 15 pisos, o el vecino decide rentar su propiedad para ruidosas fiestas, o un vendedor de fruta instala su puesto en la banqueta o un condómino deja de pagar sus cuotas o el dueño de unos perros los saca a pasear sin correa. Y no hay a quién recurrir para solucionarlo, a pesar de las leyes y hasta de las oficinas y procuradurías que supuestamente son para eso.
Esto viene a cuento porque mientras al jefe de gobierno lo premiaban por su capacidad para hacer más segura la ciudad, un hombre moría al caer en una coladera sin tapa. Por salvarse de una inundación (encharcamiento como les llaman hoy eufemísticamente) decidió bajarse de su auto y fue tragado por ella. No es el único caso, hace poco fue un niño de cinco años. Y eso para no hablar de las personas lastimadas y los autos averiados por lo mismo.
Y es que nada de esto ha sido prioritario. Los grandes rubros se han comido la atención del gobierno dejando a los otros bastante descuidados. Pero esos otros son los que le dan o le quitan calidad a nuestra vida de todos los días y los que hacen que una ciudad sea segura.
La ciudad de México es maravillosa, pero debe todavía ser mejor. Para eso, también hay que ocuparse de asuntos que parecen pequeños, pero no lo son.
sarasef@prodigy.net.mx
www.sarasefchovich.com
Escritora e investigadora en la UNAM

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