domingo, 16 de septiembre de 2012

Rafael Loret de Mola - Regeneración o negación

Rafael Loret de Mola
Otro partido, otro. ¿No sirven, entonces, los tres partidos “progresistas”, de acuerdo al léxico de la izquierda, que apoyaron a Andrés Manuel López Obrador incluso en su aventura poselectoral que sabían perdida de antemano? Significa la propuesta de éste, el último líder natural que ha surgido en México como he reconocido en diversas ocasiones, una radicalización de alto riesgo, ante el clima violento recrudecido, o una modificación para crear una cuarta corriente, además de la izquierda, la derecha y el centro, simplemente lopezobradorista? De ser esta última la verdadera motivación del personaje estaríamos ante una grave patología política. ¿Cuántos partidos más deberán fundarse entonces para ser dignos del prohombre e ícono que aglutina incondicionales quienes sólo tienen ojos y oídos para él?

Debo confesar que admiro en López Obrador su capacidad de aglutinamiento; no se cansan las masas beneficiadas por él -por ejemplo mujeres y hombres de la tercera edad, quienes me conmueven por su fidelidad hacia el “único” que se ha acordado de ellos, mediante una pequeña pensión, en todos estos años de neoliberalismo cuando se ha pretendido agotar las banderas sociales-, de ensalzar al hombre que dice no claudicar y llama a evitar la manipulación... al tiempo que manipula a sus seguidores con palabras provocativas que encienden pronto y después se convierten en cenizas. No hay hoguera que dure por siempre ni siquiera teniendo alrededor un bosque de ocotes.




Desde luego, quienes niegan a este político excepcional su importancia y proyección no saben, siquiera, lo que éste representa. Insisto: Para infortunio suyo sus errores, jamás reconocidos, le fueron aparatando de la Presidencia de la República, entre ellos caer en el mismo juego perverso del que acusa sólo a sus adversarios, sobre todo al presidente electo Peña Nieto: Obtener dinero por debajo del agua con la intención de asegurar sufragios y contaminas los comicios. ¿O acaso puede negarse que las ayudas sociales, en el Distrito Federal por ejemplo en donde el PRD arrolló -y más todavía el ahora jefe de gobierno electo, Miguel Ángel Mancera Espinosa -el segundo apellido aterra en este cargo por su antecedente, Óscar, el último regente de un priísmo minado por la corrupción-, no fueron de todo modo inductivas electoralmente para garantizar la permanencia del PRD en la ciudad más compleja del orbe y en donde la clase media alta y los ricos de Tecamachalco y Las Lomas aborrecen el “fundamentalismo” del tabasqueño? El mismo mal desde distintas perspectivas.

Simple: Andrés Manuel no es presidente, pese a los casi 16 millones de votos obtenidos -para entender el caudal, diremos que el perverso Carlos Salinas sólo obtuvo nueve millones y medio en 1988-, porque hubo otro que logró tres millones de boletas más a su favor. Cualquiera que conozca los entresijos del sistema mexicano sabrá que cantidad tal no es sencillo obtenerse de manera oficiosa ni comprarse medrando con la miseria por razones fundamentalmente operativas. Otra cosa, muy distinta, fue cuanto ocurrió en 2006 cuando Sí fue posible hacer variar, nivelando estadísticas en una franja de medio millón de votos, el medio punto porcentual con que el PAN se dijo vencedor cuando bien sabía haber trocado la voluntad del electorado gracias a la reconocida parafernalia presidencial. Vicente Fox lo ha reconocido abiertamente y ni siquiera por eso ha sido señalado, en tribunales y no sólo al interior de su partido, como un gran delincuente electoral confeso.

No se olvide que el fraude de 2006 se hizo desde la plataforma del poder presidencial y la conjura se extendió a los empresarios-cómplices, ampliamente beneficiados. No fue casual la “campaña negra” ni barata y se realizo, insisto, entre las bambalinas de Los Pinos. La primera gran diferencia con lo sucedido en julio pasado es ésta: El PRI. No lo olvidemos, no era el partido en el Gobierno sino, más bien, como Andrés Manuel y sus organismos de acompañamiento, lo tenía encima... aunque algunos insistan en una posible negociación de la que tampoco se libró el triunvirato izquierdista de dirigentes. El temor galopante del pobre Felipe Calderón lo hizo posible, no por apostar a la continuidad -que no debe darse salvo en materia económica para no caer en el precipicio del aislamiento en un mundo globalizado-, sino para intentar salvar su propio pellejo tras la mucha sangre inocente derramada: Según las organizaciones no gubernamentales, la cifra de víctimas se sitúa en el paralelo de las 80 mil.

Para darnos cuenta cabal del genocidio actual deberíamos apuntar que el ETA vasco, en poco más de cuarenta años, dejó un reguero de ochocientos cincuenta víctimas y que los atentados terroristas de Nueva York, contados también los pasajeros de los aviones que colapsaron, produjeron un saldo rojo de dos mil 973 personas, sumadas a los casi 200 muertos por los bombazos en la estación de Atocha en Madrid en 2004 y los 47 que fueron alcanzados en Londres, en 2005, en la espiral bárbara de Al-Qaeda. Nada se compara a cuanto nos ha ocurrido a los mexicanos en el sexenio de la violencia y es esto, sin duda, lo que determinó el imperativo de, cuando menos, sancionar a la derecha en las urnas. No nos equivoquemos de enfoque.

Tal tendría que ser el numen del discurso de López Obrador, si de verdad se considera el único capaz de vestir los ropajes del redentor, y no la burda insistencia en centrar en él sólo el reiterado prestigio de la víctima para decirse acribillado, una vez más, por los tiros de un sistema recurrente en materia de fraudes comiciales. ¿Acaso no sabían de las reglas del juego? ¿No fueron los perredistas quienes también apoyaron la reforma para reducir las sanciones en los casos de excesos de gastos de campaña-antes incluía la ley penas de prisión e inhabilitación pública-, para acreditar sólo sanciones administrativas? El pecado lo comparten todas las fuerzas políticas, no sólo el PRI de Peña Nieto.

Andrés Manuel, pues, sigue empecinado, buscando la creación de un nuevo partido. Curioso: La derecha sólo cuenta con el PAN -extinguido ya el PDM, el del “gallito colorado” que duró un suspiro bajo el rencor de cuantos fueron afrentados por la Cristiada desde el sinarquismo ramplón-, y en el centro juega el PRI, como siempre, buscando alianzas con partidos llamados de seguimiento que tanto se benefician familiar -PVEM- y gremialmente -PANAL-. No hemos sido capaces, eso sí, de construir la democracia.

En algo coincido, acaso en mucho, con López Obrador: Los cambios tardan; fueron necesarios tres siglos de colonia para impulsar la Independencia y obtenerla -aunque ahora retrocedemos-, y como se recordó el domingo 9 pasado, Hidalgo proclamó el fin de la esclavitud que acaso se consumó una centuria después. El mismo trago lleva esta democracia nuestra, perfectible por supuesto, pero no fatalmente condenada bajo los artilugios de quienes medran con ella. La sociedad mexicana ha madurado y es esto lo que merece la pena rescatar.

loretdemola.rafael@yahoo.com.mx
LA IZQUIERDA PREVALECERÁ, NO ASÍ LÓPEZ OBRADOR. NO ES UN PRONÓSTICO, SINO UNA SENTENCIA CORROBORADA CON LOS HECHOS. A ÉL QUE TANTO LE GUSTABAN LOS SONDEOS, DE CUANTOS AHORA SE QUEJA, LE VENDRÍA BIEN CALCULAR CUÁNTOS DE QUIENES CREYERON EN ÉL HAN CLAUDICADO A SU ALREDEDOR A CAMBIO DE COOPTAR A ELEMENTOS TAN “LIMPIOS” COMO MANUEL BARTLETT.

Leído en: http://www.zocalo.com.mx/seccion/opinion-articulo/regeneracion-o-negacion

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