sábado, 15 de febrero de 2014

Jaíme Sánchez Susarrey - Obama, Cárdenas y Peña

Jaime Sánchez Susarrey
15 Feb. 14

En la entrevista publicada por la revista New Yorker, a mediados de enero, el presidente Obama fue sincero y preciso: "Tal como ha sido bien documentado, fumé marihuana cuando era niño, y lo veo como un mal hábito y un vicio, no muy diferente de los cigarros que fumaba cuando era joven y gran parte de mi vida adulta. No creo que sea más peligrosa que el alcohol".

Obama fue más lejos que Clinton, quien reconoció haber fumado, sin inhalar, marihuana. Y fue mucho más allá, al pronunciarse implícitamente contra la clasificación de la DEA y la ONU, que sitúan a la cannabis en el nivel 1 de la lista de sustancias prohibidas, por considerar que es una droga altamente adictiva y no tiene uso medicinal.








Hay que agregar, sin embargo, que el presidente de Estados Unidos se quedó corto. En el estudio publicado por un grupo de médicos británicos (David Nutt, Leslie A King, William Saulsbury, Colin Blakemore), que utilizó tres variables (daño físico, dependencia y daño social) para clasificar la peligrosidad de las drogas, hay hallazgos sorprendentes.

Menciono los más importantes: a) la heroína, en primer lugar, y la cocaína son las drogas más peligrosas; b) el alcohol ocupa el quinto lugar; c) el tabaco se encuentra en el noveno; d) la cannabis, en cambio, se sitúa en el onceavo lugar de un total de 20 drogas clasificadas.

Así que contra lo que establecen las normas de la prohibición en Estados Unidos y en el mundo, la marihuana es menos dañina no sólo que el alcohol sino también que el tabaco.

En la misma entrevista, Obama fue muy certero al evaluar las consecuencias de la prohibición del consumo de marihuana: "No debemos encerrar, por largos periodos de tiempo en la cárcel, a niños o individuos que la utilizan cuando algunos de los que están escribiendo esas leyes probablemente han hecho la misma cosa".

El dicho del presidente de Estados Unidos tiene referentes precisos: cada año se detienen aproximadamente 750 mil personas, pero el 87 por ciento de esos arrestos son por simple posesión, no por venta o producción de marihuana.

A lo que hay que agregar el sesgo racista y clasista de la ley: por cada persona blanca detenida hay 3.7 personas negras procesadas; sin embargo, el promedio de consumo de marihuana en ambos grupos es idéntico. La ley castiga a las personas de color -incluidos los latinos- con menos ingresos, y es laxa con los blancos de clase media o alta.

No sorprende, por lo tanto, que la posición que ha adoptado Obama frente a la legalización del consumo de marihuana con fines recreativos sea de tolerancia. A finales de 2012, ya había afirmado que no sería su prioridad perseguir a los ciudadanos de Colorado y Washington.

El cambio que está ocurriendo en Estados Unidos es histórico. Es más que probable, como algunos vaticinan, que la legalización con fines recreativos se expanda a otros estados y que California entre en esa dinámica en 2016.

Cerrar los ojos frente a esa realidad es absurdo. La prohibición de la marihuana y de otras sustancias nos vino del norte. El 17 de febrero de 1940, el presidente Cárdenas legalizó las drogas poniendo el énfasis en el tratamiento médico y no en la criminalización. El experimento terminó el 7 de junio de ese mismo año por presiones de Estados Unidos.

La iniciativa presentada por el PRD en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal va en el sentido correcto. Es poco, muy poco, si se le compara con lo que está ocurriendo en Colorado, Washington y, por supuesto, Uruguay.

Es muy corta, también, si se le compara con el reglamento de Cárdenas: "la persecución de los viciosos... es contraria al concepto de justicia que actualmente priva, toda vez que debe conceptuarse al vicioso más como enfermo al que hay que atender y curar... el único resultado obtenido con la aplicación del referido reglamento de 1931, ha sido el del encarecimiento excesivo de las drogas y hacer que por esa circunstancia obtengan grandes provechos los traficantes...".

Pero, aun así, la iniciativa del PRD es un paso en la dirección correcta. Un paso que necesitará la tolerancia y cooperación del gobierno federal, toda vez que deberá acompañarse de modificaciones a la ley de salud en la Cámara de Diputados.

La última palabra la tiene el presidente Peña Nieto. Si se opone frontalmente, la iniciativa no pasará. Pero hacerlo sería un grave error. La audacia que mostró en la reforma energética y en la legalización de las autodefensas, en Michoacán, puede reeditarse en esta ocasión. Obama y el general Cárdenas deberían servirle de referentes.


@sanchezsusarrey
 


Leído en http://www.am.com.mx/leon/opinion

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