viernes, 26 de octubre de 2012

Juan Villoro - El mariachi loco


La realidad sucede antes de leer nuestros artículos. El pasado jueves, mientras yo reflexionaba sobre el Premio FIL, concedido al escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, la Comisión de Premiación se reunía para buscar na salida a un veredicto que despertó una justificada polémica.
Numerosos comentaristas nos opusimos a que los dineros públicos se utilicen para celebrar una obra que incluye plagios probados. La ética de un autor no puede estar al margen de su escritura (si además es magnífica persona, mejor para él y para quienes lo conozcan). El jurado consideró que podía separar la obra literaria de la conducta del autor en el periodismo. Esa decisión es discutible: el periodismo merece el mismo respeto que la novela y no puede ser considerado como la zona de desperdicio e impunidad de un "artista e la palabra".
Sorprende que la Universidad de Guadalajara, principal apoyo de la FIL, festeje a un escritor que ha hecho lo que se prohíbe a todos los alumnos: copiar.




¿Cuál es la auténtica dimensión del problema? Lo que está en juego no es la trayectoria de un escritor que ha cometido plagios y también publicado espléndidas novelas, sino el tipo de cultura que queremos en México: ¿Pueden los artistas estar al margen de una ética del oficio?
La cláusula 7 de los estatutos del Premio FIL señala que el fallo del jurado es inapelable. Su elogiosa valoración de la obra de Bryce no puede ser alterada. La pregunta es si el galardón debe ser recibido por un escritor que lesionó derechos autorales de terceros. La cláusula 10 permite que la Comisión intervenga en "circunstancias no previstas". Fue lo que ocurrió el jueves pasado y se dio a conocer el viernes.
Por desgracia, se tomó la peor decisión posible: entregar el premio a domicilio, impidiendo que el galardonado venga a México. André Breton señaló que en nuestro país el surrealismo ocurre en la vida diaria. Ahora sabemos que también ocurre en ciertas instituciones culturales. Esta "solución" ofende al ganador y al jurado. Los organizadores no quieren ver al premiado y consideran que el fallo no es de celebrar. Además, hacen caso omiso de las muchas voces de protesta. Un acto "cultural" se reduce a enviar 150 mil dólares como si se enviara una pizza.
"Te invito a cenar pero te pido que comas en la cocina", ¿es ésta una fórmula de hospitalidad? Por supuesto que no. En la Feria de las Tinieblas, el invitado de honor es clandestino. Estamos ante el primer premio que opta por una ceremonia secreta, abochornado de sí mismo. Cantinflas no lo habría hecho mejor.
En mi opinión la mejor salida era negociada. En la lista de galardonados, la decisión de este año habría quedado así: "Premio 2012: Alfredo Bryce Echenique (no entregado)". De este modo se preservaba la distinción del jurado y no se usaban dineros públicos para amparar el plagio, acto que ofende a cualquier universidad.
Puestos a elegir nuestra derrota, muchos de los que impugnamos la entrega hubiéramos preferido que las cosas quedaran tal cual, siendo Bryce el ganador absoluto, en vez de distinguirlo con un "honor" que avergüenza.
¿Hay alguien que aspire a ser el próximo ganador de un premio que se sonroja al verse en el espejo?
La Comisión no quiso atender otros argumentos ni permitió que la ética -esa incómoda señora- ocupara una silla en su reunión. Su único interés parece haber sido teatral: evitar los abucheos y las críticas el día de la entrega. ¡Bienvenidos a la sociedad del espectáculo! Por lo visto, lo que cuenta en la FIL no es el contenido de los libros sino el show que los rodea.
Es posible que al evitar la presencia del ganador se silencien algunos gritos, pero así se fomenta otro espectáculo, esta vez carnavalesco. Del rencor se ha pasado al sarcasmo, es decir, de José Alfredo Jiménez a El mariachi loco, nuevo himno de la FIL.
Muchos amigos comentan que ha llegado la hora de abandonar la FIL. Me parece una decisión equivocada. La principal feria del libro del idioma ha sido construida con el esfuerzo colectivo, no sólo con las iniciativas de funcionarios que encontraron ahí una plataforma a su medida.
De manera inevitable, en foros y entrevistas, la FIL de 2012 se convertirá en un referéndum sobre la importancia de la ética en la cultura, y los periodistas demostrarán con su intensa y comprometida cobertura que su trabajo no es un género menor, capaz de ser saqueado impunemente.
Lo que no pudo resolver la Comisión ganará por aclamación entre los escritores y los lectores. Alguna vez Paco Ignacio Taibo II propuso crear una república de la FIL. Si ese sueño de autonomía ocurre alguna vez, debería tener un parlamento de alta moralidad.
Hay que ir a la FIL a defender el compromiso de la cultura con la ética. Lo que no existe en ciertas instituciones, existe en numerosas conciencias.
Llegará el día en que sea imposible que el presupuesto cultural de México se use al margen de la moral pública y que un premio sea entregado en el extranjero, con rubor en las mejillas y bajo los histéricos compases de El mariachi loco. 


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