jueves, 8 de noviembre de 2012

Salvador García Soto - La narrativa de un sexenio


Desde hace varias semanas el presidente Felipe Calderón se ha dedicado a construir lo que los especialistas en discurso político llaman la “narrativa de su sexenio”; con un serie de discursos que buscan explicar, justificar, darle sentido a sus acciones como gobernante, el futuro ex presidente intenta dejar, para la historia y para sus críticos, una serie de mensajes y líneas argumentativas con las que desearía que se entendiera lo que fueron sus decisiones y acciones en seis años de gobierno.

Junto a un exultante buen humor, con el que constantemente bromea, hace chistes y muestra su habilidad dicharachera, Calderón aprovecha sus últimas apariciones como Presidente para explicar lo mismo sus decisiones en materia económica -quizá de lo más rescatable de su gobierno- que sus políticas sociales o hasta sus decisiones en materia de infraestructura. Pero si hay un tema que parece obsesionarle al mandatario saliente y que intenta explicar una y otra y otra vez, reflejo de la preponderancia que tuvo en su gestión, es el de su cuestionada guerra contra el narcotráfico.





Frases como “teníamos que hacerlo”, “no me arrepiento de las decisiones que tomé” o “volvería a tomar las mismas decisiones”, han aparecido en varios de los discursos presidenciales con los que se intenta argumentar, si es que eso es posible, los seis años más cruentos y sangrientos en la historia reciente de México. Calderón sabe que ese es el tema que lo marcará y lo perseguirá como Presidente y tiene todo el derecho de explicar, de argumentar, de justificar las decisiones que como presidente, jefe de Estado o incluso comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, él tomó y que desencadenaron un violento periodo en el que murieron miles de mexicanos y centroamericanos, otros miles quedaron huérfanos, viudas, con hijos asesinados o desaparecidos.

Ese es el derecho de un presidente que se va: dar sus razones y sus justificaciones, si las tiene, para actuar como actuó y para asumir las consecuencias de sus actos. A lo que no tiene derecho Felipe Calderón, ni como presidente aún en funciones ni como futuro ex mandatario, es a menospreciar la vida humana como muchas veces lo hizo a lo largo de seis años y lo vuelve a hacer en su discurso de salida. 60 mil, 70 mil o hasta 112 mil muertos -como afirman Jorge Castañeda y Rubén Aguilar en su reciente libro Los saldos de la guerra- son demasiados muertos, demasiadas vidas humanas que difícilmente pasarán a la historia como simples “daños colaterales” o “costos necesarios” de una guerra planeada e iniciada por el Estado mexicano.

Ninguna sociedad, por corrompida, pervertida y dañada que esté -y vaya que la mexicana lo está- podría dejar pasar una cifra tan monstruosa de asesinatos violentos sin exigir que al menos se le diga la verdad: ¿quiénes eran los muertos, por qué murieron, merecían morir de esa manera?, ¿dónde están miles de desaparecidos?, ¿cuántos de ellos murieron en enfrentamientos entre delincuentes y a cuántos los mató el Estado en operativos sumarios?, ¿cuántos civiles inocentes fueron víctimas mortales en esta guerra?

Felipe Calderón Hinojosa está dando su versión de las cosas, sus explicaciones, sus justificaciones. ¿Alcanzan para explicar la tragedia humana de su sexenio? Tal vez debería guardar algunos argumentos por si, ya como ex presidente, le piden explicar lo que ocurrió en su sexenio.

NOTAS INDISCRETAS… La imagen es plenamente convincente: en el acto en el que se religió como líder del sindicato ferrocarrilero el polémico dirigente Víctor Flores, acudieron a avalar su relección el actual secretario de Comunicaciones, Dionisio Pérez-Jácome y el coordinador del Trabajo de Enrique Peña Nieto, Alfonso Navarrete Prida. A Flores se le conoce por golpeador, gánster y una serie de lindezas más con las que se ha mantenido ya 23 años al frente del Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros. Y el gobierno que se va y el que viene no tienen empacho en legitimar a tan cuestionado líder charro. Eso sí que es continuidad, de la mala, pero continuidad… Se paran los dados. Escalera y cierran semana.


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