jueves, 26 de septiembre de 2013

José Woldenberg - Los impuestos y la luna

La política fiscal puede contribuir a generar una sociedad menos desigual, más equitativa. A ello se le denomina una política redistributiva. Los que más tienen más ponen en beneficio de los que menos tienen. Fue una de las piezas fundamentales de la construcción de los Estados de bienestar en la Europa de la posguerra, de la que surgieron las sociedades más libres y equitativas en la historia de la humanidad.

No fue el único instrumento, pero sí resultó fundamental para fundar los servicios de salud y educación universales, mejorar e incrementar los transportes públicos, crear sistemas de pensiones, seguros para los desempleados, etcétera.




Pues bien, la propuesta de reforma fiscal presentada por el gobierno no es la traducción de una política tendiente a edificar un Estado de bienestar, pero es un paso en el sentido correcto. Un pasito si se quiere: una pensión no universal, pero sí para los más pobres, más un primer eslabón hacia un seguro de desempleo, a cambio de mayores impuestos a los que más tenemos y cerrando algunas avenidas abiertas para la evasión fiscal (como la llamada "consolidación").

No es de extrañar que la insolidaridad prevaleciente y la explotación de privilegios como si fueran derechos hayan desatado una ola adversa a la pretendida reforma. Siempre sucede así, y me recordó aquel notable libro de Albert O. Hirschman, Retóricas de la intransigencia (FCE, 1991), que recreaba cómo a cada ola que pretendió crear y ampliar los derechos ciudadanos (civiles, políticos y socio-económicos) sobrevino una contra ola que de manera reiterada puso en movimiento tres tesis: a) la de la perversidad, b) la de la futilidad y c) la del riesgo.

La a) postula que "toda acción deliberada para mejorar algún rasgo del orden político, social o económico sólo sirve para exacerbar la condición que se desea remediar", que buscando superar un determinado orden de las cosas lo único que se hace es acentuarlo; b) "sostiene que las tentativas de transformación social serán inválidas" porque las cosas no pueden ser modificadas; son como son, y c) "arguye que el costo del cambio o reforma propuesto es demasiado alto, dado que pone en peligro algún logro previo y apreciado"; se perderá lo más por lo menos.

Lo cito en extenso.

A) Perversidad. O de cómo "los programas de seguridad social crearán más y no menos pobreza". "La doctrina del efecto perverso está ligada estrechamente con un dogma central de la disciplina (económica): la idea de un mercado autorregulado.

En la medida en que esta idea es dominante, toda política pública que apunte a cambiar los resultados del mercado...se convierte automáticamente en una nociva interferencia en los benéficos procesos equilibradores". Así, por ejemplo, las transferencias de recursos a desempleados o pobres alentarán la vagancia y la dependencia y alimentarán el círculo de la pobreza.

Los programas de atención social están entonces condenados al fracaso por los efectos perversos que desencadenan.

B) Futilidad. Subraya que al final de cuentas todos los esfuerzos resultan anodinos, insustanciales, porque existe algo por encima de ellos que sobre determina "las cosas". "Esta clase de argumento es por supuesto familiar gracias a la tradición marxista, que por lo menos en su versión más primitiva y 'vulgar', mira al Estado como el 'Comité ejecutivo de la burguesía' y denuncia como hipocresía toda afirmación de que puede concebirse que sirva al interés general o público.

Resulta un poco sorprendente encontrar un razonamiento tan 'subversivo' entre ciertos pilares del sistema de libre empresa. Pero no es ésta la primera vez que los odios compartidos forjan extrañas camaraderías. El odio que se comparte en este caso se dirige contra la tentativa de reformar algunos rasgos injustos del sistema capitalista por medio de intervenciones y programas públicos.

En la extrema izquierda se critican tales programas porque se teme que cualquier éxito que puedan alcanzar reduciría el celo revolucionario. En la derecha, o entre los economistas más ortodoxos, se les somete a críticas y burlas porque cualquier intervención del Estado, en particular cualquier aumento del gasto público para fines que no sean la ley, el orden y tal vez la defensa, se considera una interferencia nociva o fútil en un sistema que se supone es autoequilibrador".

C) Riesgo. Afirman que a cambio de las políticas sociales, de los impuestos progresivos o de la intervención del Estado en la economía algo muy apreciado se pierde: Hayek subrayó la presunta pérdida de la libertad con la tendencia a la expansión del radio de acción del gobierno, y otros el sacrificio del crecimiento económico, o como Huntington que hizo del gasto en bienestar el responsable de la "crisis de gobernabilidad" estadounidense.

Todos ellos dicen: "esa innovación" matará algo y lo que mata es más valioso que la nueva política.

Si esas tesis se imponen, será imposible que nuestra escindida sociedad se convierta en una casa común.

¿Y la luna?...Bueno, aparecerá en la noche.

Leído en http://criteriohidalgo.com/notas.asp?id=194440



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