jueves, 24 de octubre de 2013

María Amparo Casar - La historia fiscal se repite

Los tres últimos presidentes intentaron justificar sus propuestas con los argumentos de la justicia distributiva y de los programas sociales. A ninguno le funcionó. En los tres casos se contraargumentó que las propuestas no garantizaban ni lo uno ni lo otro.


El PRI vive hoy en carne propia la dificultad de pasar reformas estructurales. En particular la fiscal, pero enseguida vendrá la energética. Si alguien pensaba que de lo que se trataba era de destreza política, hoy tenemos suficiente evidencia de que no sólo de pericia vive la política, sobre todo cuando de lo que se trata es de elevar los impuestos.
El PAN está aplicando al PRI la misma receta que éste utilizó hace seis y doce años. A Fox y a Calderón el PRI los dejó colgados en las reformas energética y fiscal. No hubo foros, argumentos, promesas e intercambios que valieran.




Hoy la historia se repite en la estrategia y los resultados. Tanto Fox como Calderón hubiesen escogido iniciativas de reforma de mayor profundidad que las que acabaron presentando. Antes de plantearlas públicamente hicieron un recorrido entre las fuerzas políticas y los sectores afectados, evaluaron sus posibilidades de éxito y se movieron a la baja con respecto a su preferencia inicial. Le llegó el momento a Peña y le pasó lo mismo. Por lo que sabemos, su equipo de gobierno hubiera preferido un IVA generalizado. El realismo los disuadió, consideraron la derrota como inevitable y plantearon una iniciativa de menor monta.
Pero aquí no acaba el parecido. Además de presentar iniciativas menos “revolucionarias” de lo que hubiesen querido, en el camino se las desvalijaron. Con su reformaNueva Hacienda Redistributiva Fox aspiraba recolectar 2.5% más a través de generalizar el IVA y a lo largo delsexenio aumentar la recaudación hasta 15% del PIB.  Calderón pretendía el tres por ciento. Los dos se quedaron con un palmo de narices y hoy México sigue recaudando prácticamente lo mismo: entre 9% y 11% del PIB.
A Peña ya le pasó lo mismo. Los diputados le rebajaron la propuesta original y la iniciativa de reforma presentada que ya de por sí no alcanzaba para cubrir las promesas de gasto, ahora quedará todavía más exigua. No se sabe lo que harán los senadores de oposición, pero ya advirtieron que no van con la reforma y se esperan más modificaciones. La alianza que le funcionó al gobierno en la Cámara de Diputados con el PRD no parece tener chance de repetirse en la Senado y los panistas tienen una posición mucho más radical.
Tampoco aquí acaba el parecido. Como en el pasado, la solución que encontraron los legisladores fue ajustar el precio del petróleo, la paridad cambiaria y adicionar algunos ingresos no recurrentes. Con esa treta y un déficit mayor al declarado, o sea, con base en argucias contables, obtuvieron un presupuesto insuficiente pero menos alejado del que pretendían.
La historia se repite también en la narrativa que acompaña a la reforma fiscal. Los tres presidentes intentaron justificar sus propuestas con los argumentos de la justicia distributiva y de los programas sociales. A ninguno le funcionó. En los tres casos se contraargumentó que las propuestas no garantizaban ni lo uno ni lo otro.
Y hay una última similitud. Quizá la más perniciosa. Como en el pasado, tenemos una oposición que obstruye pero que no propone. Está bien que el PAN no quiera una reforma fiscal del corte de la que ha presentado el gobierno. Pero cuál es su alternativa. No nos ha dicho en qué consiste esa reforma que en su opinión daría los recursos necesarios, al tiempo que impulsaría el crecimiento, promovería la justicia social y no perjudicaría a las clases medias. 
Hoy el gobierno no tiene mucho margen de maniobra. Se ha quedado entrampado. El secretario de Hacienda se ha comprometido a que no habrá otra reforma fiscal en los próximos años. O sea que esta es la definitiva. Se ha comprometido también a eso que llaman el balance estructural multianual, esto es, a incurrir en déficit en este(os) año(s) de aprietos y a compensarlo con superávit en el futuro. Pero el Presidente ha empeñado su palabra en un sistema social universal que cuesta entre 3% y 5% del PIB, sin contar otros compromisos que ha adquirido, como duplicar el gasto en ciencia y tecnología o aumentar sensiblemente las transferencias a los estados. Al paso que vamos, hay dos caminos: o se desdice el gobierno de que no habrá otra reforma fiscal o deja de cumplir con las reformas sociales prometidas.
La aritmética parlamentaria es implacable y los partidos no tienen ni memoria ni consistencia ni visión de Estado. Cuando el PAN llegó al poder, se arrepintió de haber frenado las reformas energética y fiscal de Zedillo. Entonces hicieron alarde de su fuerza en el Congreso y obstruyeron las reformas que planteaba el PRI como partido gobernante. Cuando tuvo la oportunidad, el PRI pagó con la misma moneda. Como oposición, bloqueó las reformas que su anterior Presidente hubiese querido obtener. Hoy se vuelven a invertir los papeles y las víctimas se convierten en verdugos.
El problema es que no son sólo el Presidente y el partido gobernante los que se verán derrotados. La víctima será la sociedad, que, otra vez, ni contará con los recursos para promover el crecimiento ni tampoco para aliviar la desigualdad y la pobreza.
                *Investigador del CIDE
                amparo.casar@cide.edu
                Twitter: @amparocasar


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