lunes, 9 de diciembre de 2013

Cuento popular hindú - Todo es para bien



Todo es para bien



El ciego y el jorobado eran dos de las personas más pobres del lugar, pero como eran muy buenos amigos, compartían casa para no tener tantos gastos. Y, con el tiempo, acabaron por complementarse de maravilla. Cuando salían a pasear, por ejemplo, el jorobado guiaba al ciego y el de- go ayudaba a caminar al jorobado. Y lo mismo sucedía en casa. Mientras el jorobado hacía collares y pulseras artesanales que luego vendía en la parada del mercado, el ciego se encargaba de todos los trabajos de la casa: limpiaba, lavaba la ropa, cocinaba y todo lo demás.

Así vivieron unos cuantos años. El jorobado iba ahorrando lo que ganaba con sus ventas y el ciego iba manteniendo la casa limpia y ordenada. Se puede decir que los dos amigos convivían en perfecta armonía.

Pero un día el jorobado pensó: ”Estoy envejeciendo, no podré trabajar mucho más. Pierdo la vista y mis dedos no son tan ágiles como antes”.

Y entonces se preguntó: “¿Qué voy a hacer con el dinero que he ahorrado en todos estos años? ¿Por qué tengo que compartirlo con el ciego si he sido yo quien lo ha ganado? Este dinero tendría que ser sólo para mí. Aunque también es verdad que el ciego es amigo mío y por eso debería compartirlo con él... No sé qué hacer...”.





El jorobado no paraba de darle vueltas y vueltas al tema.

Hasta que una tarde, al llegar a casa, le dijo al ciego;

—Viniendo hacia aquí he pasado por el mercado y he comprado un pescado fresquísimo. Pero resulta que me ha salido un compromiso de última hora y mañana no podré quedarme a comer. Aunque eso no es problema, amigo mío, ya que puedes comértelo tu, que a mí lo que me hace feliz es saber que serás tú quien lo va a disfrutar.

—Caramba, muchas gracias —le respondió el ciego—. Me lo cocinaré con verduritas a la cazuela mañana para comer.

Al día siguiente, el ciego se levantó de muy buen humor. No pasaba todos los días que uno podía comer un buen pescado. Dedicó la mañana a hacer las tareas domésticas y, hacia el mediodía, comenzó a prepararlo.

Lo primero que hizo fue ponerla olla al fuego, luego tiró un chorrito de aceite y después unas cuantas verduritas del huerto. Y esperó un poco a que estuvieran bien doraditas antes de poner el pescado.

— ¡Esto va a estar de rechupete! —exclamó mientras dejaba la olla al fuego haciendo chup-chup.

Pero pocos minutos después, cuando estaba poniendo la mesa, el ciego empezó a notar un olor realmente extraño.

— ¿Qué es este olor tan raro? —Se preguntó mientras intentaba localizarlo abriendo y cerrando las aletas de la nariz—. ¿De dónde vendrá?

El ciego metió las narices por todos los rincones de la casa sin acabar de localizarlo. Mientras, dolor se hacía cada vez más insoportable.

Tras recorrer todas las habitaciones, el ciego entró en la cocina y comprobó con sorpresa que el mal olor salía del interior de la casuela.

— ¿Qué cosa más rara? —Dijo toda vez que ponía la nariz justo encima de la olla—. Sí, sí, no hay duda, el olor sale de aquí.

El ciego acercó la nariz cada vez más sin poder ver que la cazuela soltaba una espesa humareda. Y tanto la acercó que acabó por entrarle en los ojos. ¡Bueno, no veas cómo picaba! Al pobre hombre le caían mejillas abajo unos lagrimones enormes. Pero lo que nunca se pudo imaginar es que, cuando logró abrirlos de nuevo, sus ojos volvían a ver.

— ¡Veo!—gritaba loco de alegría.

Ya lo creo que podía ver. Aunque lo primero que vio no le gustó nada; descubrió que dentro de la cazuela no había pescado fresco sino que lo que había eran serpientes venenosas.

Inmediatamente se dio cuenta de todo: el jorobado había intentado envenenarle. Pero pensó que también había conseguido hacerle un gran bien ayudándole a recuperar la visión.

— ¿Y ahora qué hago? —se preguntó—. Porque es cierto que el jorobado ha intentado matarme, pero también es cierto que gracias a ello mis ojos pueden volver a ver.

Al final pudo más el enfado que la alegría y el ciego decidió vengarse. Pilló el bastón más grueso que tenía y se escondió en el rincón más oscuro a la espera de que el jorobado regresara a casa.

El jorobado llegó cuando ya ende noche. Abrió la puerta y entró en la casa con pies de plomo, ya que no sabía qué se iba a encontrar.

— Hola, ¿hay alguien en casa? –preguntó cuando llegó al comedor.

Al oírlo, el ciego abandonó su escondite y le pegó tal bastonazo en la espalda que el jorobado se puso recto de repente.

— ¡Mi joroba ha desaparecido!—exclamó llorando de alegría—. ¡Mi espalda está recta ¡Gracias, gracias!

Los dos amigos habían intentado hacerse daño el uno al otro; pero lo único que habían conseguido era hacerse un favor mutuamente. El ciego había recuperado la vista y el jorobado había perdido la joroba.

 Aquella misma madrugada, los dos amigos se sinceraran explicándose todos sus sentimientos. Se pidieron perdón una y mil veces prometiéndose que nunca más intentarían hacerse daño, Y así fue cómo el ciego y el jorobado siguieron viviendo juntos en aquella casa hasta el fin de sus días. Pero lo más importante que consiguieron es que su amistad fuera más fuerte cada día.



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