jueves, 30 de enero de 2014

Leo Zuckermann - La propuesta de la Cuba comunista para desarrollarnos

Ayer La Jornada anunciaba a ocho columnas: “Cuba convoca a construir modelo propio para AL” en referencia a América Latina. La curiosidad me picó: ¿Cuál modelo? El artículo resumía el discurso del presidente cubano, Raúl Castro, en la inauguración de la reunión de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) a la que asistió el presidente Peña. Fui a leer el discurso completo. ¿Qué tenía que decir uno de los pocos líderes comunistas que todavía sobreviven del modelo de desarrollo económico a seguir en Latinoamérica, incluyendo a México?
La cumbre de la Celac en La Habana la dedicaron al tema de “la lucha contra la pobreza, el hambre y la desigualdad”. Está bien: es un tema importante y natural para la izquierda.





Como suele ser el caso con la izquierda, su diagnóstico es correcto, contundente y apabullante. Así lo dijo Castro: “En la América Latina y el Caribe la tasa de pobreza alcanzó en 2012, como mínimo,  28.2% de la población, o sea, 164 millones de personas, y la de indigencia o pobreza extrema, 11.3%, lo que equivale a 66 millones de habitantes de la región. Pero lo más preocupante es la pobreza infantil, que afecta a 70.5 millones de niños, niñas y adolescentes, de ellos 23.3 millones en pobreza extrema.
“El 10% más rico de la población latinoamericana recibe 32% de los ingresos totales, mientras que el 40% más pobre recibe sólo 15%”.
A continuación, Castro delineó los objetivos: “Los pueblos de América Latina y el Caribe demandan y requieren una mejor distribución de las riquezas y los ingresos, el acceso universal y gratuito a una educación de calidad, el pleno empleo, mejores salarios, la erradicación del analfabetismo, el establecimiento de una verdadera seguridad alimentaria, sistemas de salud para la totalidad de la población, derecho a una vivienda digna, al agua potable y al saneamiento”.
Correcto, de nuevo. Nada que objetar.
Y hay condiciones para lograrlo: “La región cuenta con un porcentaje apreciable de las reservas minerales no renovables más importantes, con un tercio de las reservas de agua dulce, 12% del área cultivable, el mayor potencial mundial en la producción de alimentos y 21% de los bosques naturales”.
Muy bien. ¿Cómo le hacemos?
“Esa riqueza debe convertirse en el motor para la eliminación de las desigualdades. Nuestro imperativo y desafío es ser capaces de transformar ese capital natural en capital humano, infraestructura económica y diversificación de la base productiva y exportadora, de tal forma que contribuya de manera decisiva a un verdadero proceso de desarrollo”. Otra vez el líder comunista está en lo correcto. La pregunta es cómo hacemos dicha transformación.
De acuerdo con Castro: “Debemos ejercer plenamente la soberanía sobre nuestros recursos naturales y plantearnos políticas adecuadas en las relaciones con la inversión extranjera y con las empresas transnacionales que operan en los países que componen la Celac.
Son innegables los beneficios de la inversión extranjera directa para las economías de la región y de las inyecciones de capital de las empresas transnacionales que operan en ella, pero olvidamos que el crecimiento desmedido de las utilidades que obtienen, 5.5 veces en los últimos nueve años, afecta su impacto positivo sobre la balanza de pagos de nuestros países”.
Acepta la inversión privada, pero la considera codiciosa. Pues sí: así es el capitalismo: cuando un empresario puede ganar más, lo hace. Pero aquí, en lugar de hablar de cómo limitar rentas monopólicas, tener un sistema fiscal que redistribuya el ingreso o un Estado que otorgue mejor oportunidades a los pobres, Castro se atora y recurre a la demagogia simplista: “Debemos establecer un nuevo paradigma de cooperación regional e internacional. En el marco de la Celac tenemos la posibilidad de construir un modelo propio adaptado a nuestras realidades, basado en los principios del beneficio común y la solidaridad, que tome en cuenta las mejores experiencias desarrolladas en los últimos años por los países de la región y por las organizaciones latinoamericanas y caribeñas de integración”.
Pura retórica sin nada en concreto. Y ese suele ser el problema de la izquierda en la región: buenos diagnósticos, objetivos loables, pero sin propuestas aterrizadas de cómo lograrlos.
Por cierto, el presidente Peña debió haber compartido una propuesta que sí ha funcionado para generar desarrollo en un país de la región: el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. No lo hizo, quizá, porque la palabrita “libre” como que no cae muy bien en La Habana.
                Twitter: @leozuckermann


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