viernes, 13 de junio de 2014

Juan Villoro - El nuevo cielo

Los aviones han cambiado su ruta de aproximación al Distrito Federal. Esto se debe a que la ciudad gana altura. Junto a la Estela de Luz se construye la Torre Bancomer, tan elevada que antes de llegar a su término ya modificó los circuitos de la aviación.

Mi amigo Efrén Magallanes vive no muy lejos de ahí, en la colonia Condesa. A pesar de su apellido, es la persona más sedentaria que conozco. Sus únicas circunnavegaciones son cerebrales. Pero es un fanático de los aviones y sus horarios son tan extravagantes que lo mantienen en estado de jet-lag permanente. Sin necesidad de desplazarse, vive como si acabara de llegar de Singapur.
Su trabajo de corrector de estilo le permite dormir una siesta a cualquier hora y desvelarse por una errata según su antojo.










Hay muy diversas maneras de ver el cielo. Adivinar formas en las nubes es quizá el primer indicio de una vocación artística o religiosa. En el caso de Efrén, su mayor distracción comenzó como una molestia. Se mudó a un espléndido departamento en la Condesa, justo antes de que la colonia se pusiera de moda. La renta era tan conveniente que le pareció sospechosa. Cuando descubrió que el sitio estaba debajo de la trayectoria de los jets, supuso que los anteriores inquilinos se habían cansado de tener algodones en los oídos.


Sería bueno poder dormir una noche en un departamento antes de rentarlo. ¿Cómo saber, si no, a lo que te enfrentarás a las tres de la mañana? Efrén nació y creció en ángulos más silenciosos de la Condesa. Ahora estaba en una especie de torre de control y podía saber que las turbinas sólo dejan de trabajar de las tres a las cuatro y media de la mañana. El cielo era rasgado con un poderío que no lo dejaba dormir y, cuando lograba hacerlo, caía en dramáticas pesadillas (por alguna compensación del inconsciente, casi todas era submarinas y en ellas, nuestro mutuo amigo Chacho aparecía como un molesto Aquaman).

Efrén recurrió sin éxito a tapones en las orejas, a una extraña terapia de ruidos y a un programa de meditación contra las agresiones del medio ambiente. Todo cambió gracias a su esposa. Mariana es diseñadora gráfica y un día colocó una cartulina en la pared con trazos elípticos y pequeños emblemas de las aerolíneas: un reloj del cielo. Ahí estaban los horarios y las rutas de llegada de las naves que venían de Frankfurt o Zacatecas.

Dominar el complejo engranaje de la aviación otorgó a mi amigo un curioso estado de serenidad. Sabía, en todo momento, de dónde llegaban los ruidos: “Buenos Aires”, comentaba ante el avance de un vuelo. Se acostumbró a prever aviones como quien aguarda un oleaje. Aunque en ocasiones se alteraba por algún retraso, identificar la procedencia de cada aeronave le producía la sensación de vivir bajo un universo ordenado. Lo que antes era un ruido arbitrario se convirtió en un agradable rumor de fondo.

Ya dije que Efrén odia desplazarse. A las cuatro de la tarde emprende lo que sus amigos llamamos el “Circuito Magallanes”: da una vuelta a la manzana con su perro Quinqué. La operación se repite a las cuatro de la mañana, bajo un cielo sin aviones.

En 2009 la amenaza de la gripe A produjo una conmoción en casa de los Magallanes. Mariana vio el mapa de los aviones y se preguntó si quería morir estornudando en esa casa. La proximidad del peligro la llevó a una decisión radical: quería ver el mundo antes de ser víctima del virus fatal o de los muchos accidentes que concede la vida. En cuanto el aeropuerto regularizó sus vuelos, despegó hacia la India.

Efrén fue incapaz de seguirla. Hay gente así, aterrizada, contenta de que otros viajen por ellos.
Su riguroso control del cielo se convirtió entonces en una dolorosa nostalgia, una manera de extrañar a Mariana. Chacho, que no deja de pensar en cómo deben vivir los demás, tuvo una de sus grandes inspiraciones: le presentó a Leonora, azafata de profesión. Los irregulares horarios de Efrén combinaron de maravilla con el perenne jet-lag de la viajera del aire. A partir de ese momento identificó la procedencia de los aviones y la de su novia. Bautizamos este sentido de la anticipación como la “Obertura Leonora” (Chacho, siempre inclinado a la exageración y a la épica, puso la música de Beethoven en un momento en que Efrén escuchaba el avión de su novia).
Cuando los aviones modificaron su ruta, la vida de Efrén Magallanes perdió sentido. Ahora busca departamento en un rumbo donde pueda volver a ordenar el cielo por sus ruidos. La fuerza de su amor es tan grande que está dispuesto a salir de la colonia Condesa.

Leído en http://criteriohidalgo.com/notas.asp?id=242409


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