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viernes, 5 de febrero de 2016

Giovanni Papini - La compra de la república

Giovanni Papini  ( 1881 - 1956 )

La compra de la república

Nueva York, 22 marzo

Este mes he comprado una República. Capricho costoso y que no tendrá imitadores. Era un deseo que tenía desde hacía mucho tiempo y he querido librarme de él. Me imaginaba que el ser dueño de un país daba más gusto.

La ocasión era buena y el asunto quedó arreglado en pocos días. El presidente tenía el agua hasta el cuello: su ministerio, compuesto de clientes suyos, era un peligro. Las cajas de la República estaban vacías; crear nuevos impuestos hubiera sido la señal del derrumbamiento de todo el clan que se hallaba en el poder, tal vez de una revolución. Había ya un general que armaba bandas de regulares y prometía cargos y empleos al primero que llegaba.

Un agente americano que se hallaba en el lugar me avisó. El ministro de Hacienda corrió a Nueva York: en cuatro días nos pusimos de acuerdo. Anticipé algunos millones de dólares a la República, y además asigné al presidente, a todos los ministros y a sus secretarios unos emolumentos dobles de aquellos que recibían del Estado. Me han dado en garantía -sin que el pueblo lo sepa- las aduanas y los monopolios. Además, el presidente y los ministros han firmado un covenant secreto que me concede prácticamente el control sobre la vida de la República. Aunque yo parezca, cuando voy allí, un simple huésped de paso, soy, en realidad, el dueño casi absoluto del país. En estos días he tenido que dar una subvención, bastante crecida, para la renovación del material del ejército, y me he asegurado, en cambio, nuevos privilegios.

El espectáculo, para mí, es bastante divertido. Las Cámaras continúan legislando, en apariencia libremente los ciudadanos continúan imaginándose que la República es autónoma e independiente y que de su voluntad depende el curso de las cosas. No saben que todo cuanto se imaginan poseer -vida, bienes, derechos civiles- depende en última instancia de un extranjero desconocido para ellos, es decir, de mí.

Mañana puedo ordenar la clausura del Parlamento, una reforma de la Constitución, el aumento de las tarifas de aduanas, la expulsión de los inmigrados. Podría, si me pluguiese, revelar los acuerdos secretos de la camarilla ahora dominante y derribar así al Gobierno, obligar al país que tengo bajo mi mano a declarar la guerra a una de las Repúblicas colindantes. Esta potencia oculta e ilimitada me ha hecho pasar algunas horas agradables. Sufrir todos los fastidios y la servidumbre de la comedia política es una fatiga bestial; pero ser el titiritero que detrás del telón puede solazarse tirando de los hilos de los fantoches obedientes a su movimiento, es una voluptuosidad única. Mi desprecio de los hombres encuentra un sabroso alimento y mil confirmaciones.

Yo no soy más que el rey incógnito de una pequeña República en desorden, pero la facilidad con que he conseguido dominarla y el evidente interés de todos los iniciados en conservar el secreto, me hace pensar que otras naciones, y tal vez más vastas e importantes que mi República, viven, sin darse cuenta, bajo una dependencia análoga de soberanos extranjeros. Siendo necesario más dinero para su adquisición, se tratará, en vez de un solo dueño, como en mi caso, de un trust, de un sindicato de negocios, de un grupo restringido de capitalistas o de banqueros.

Pero tengo fundadas sospechas de que otros países son gobernados por pequeños comités de reyes invisibles, conocidos solamente por sus hombres de confianza, que continúan recitando con naturalidad el papel de jefes legítimos.





Leído en http://www.ciudadseva.com/textos/novela/gog.htm



domingo, 4 de octubre de 2015

Giovanni Papini - Una muerte mental

Giovanni Papini  ( 1881 - 1956 )



Una muerte mental


De uno de los más recientes suicidios en los últimos años no se conocería la verdadera historia si yo no tuviese el vicio de andar en busca de los raros con la esperanza -casi siempre superflua- de hallarme con un grande.

Todos nosotros sabemos, qué defectuosas son las estadísticas -digo a propósito defectuosas en él sentido de insuficientes. Aunque algunos equilibrados vegetantes lamenten con cara de pavor el crecimiento continuo de las muertes voluntarias, sé bien, por mi parte, que no todas son registradas. Entre los enfermos y los aparentes asesinados, los suicidas menudean.

Constituyen, quizás, la mayoría. Algo me impulsa casi a decir que cada muerte es voluntaria. Pero ¿cómo? ¿De qué manera? ¡Ay de mí! ¡De maneras comunes, vulgares, vulgarísimas! Falta de sabiduría, falta de voluntad .-pocos son los que prevén y pueden-: un arrojarse al encuentro del destino casi como pájaros dentro de la serpiente o locos -en la hoguera. Hombres que no han querido vivir y han preferido el breve presente al largo y cierto porvenir. Leopardi aprobaría: pero quién puede negar que ésas, son vidas truncadas?.

El suicidio cuyo misterio he sabido no se parece a ninguno de los conocidos hasta ahora. Ni la historia ni la crónica nos hablan de otro parecido o igual.







miércoles, 30 de septiembre de 2015

Giovanni Papini – Dos imágenes en un estanque

Giovanni Papini  ( 1881 - 1956 )

Dos imágenes en un estanque

¿Sólo para volver a ver mi rostro en un estanque muerto, lleno de hojas muertas, en un jardín estéril, me detuve después de tanto tiempo en la pequeña capital? Cuando me aproximaba a ella no pensaba tener otro motivo que éste.

Regresando del mar y de las grandes ciudades de la costa, sentía el deseo de las cosas ocultas, de las calles estrechas, de los muros silenciosos y un poco ennegrecidos por las lluvias. Estaba seguro de hallar todo eso en la pequeña capital, en la ciudad donde había estudiado durante cinco años, con maestros de clásicas barbas blancas, las ciencias más germánicas y más fantásticas.

Recordaba a menudo la querida ciudad, tan sola en medio de la llanura, como una exiliada (he pensado siempre que existen también ciudades desterradas de su propia patria), sin río, sin torres ni campanarios, casi sin árboles, pero totalmente quieta y resignada en torno al gran palacio rococó, en el que charla y duerme la corte. En las calles, a cada cien pasos, hay un pozo y junto al pozo una fuente y sobre cada fuente un guerrero de terracota, pintado de azul y rojo pálido.

Recordaba también la casa en que viví durante los años de mi aprendizaje científico. Mis ventanas no se abrían sobre la plaza sino sobre un gran jardín, cerrado entre las casas, donde había, en un rincón, un estanque circuido por rocas artificiales. A nadie le importaba el jardín: el viejo señor había muerto y la hija, aburrida y devota, consideraba a los árboles como herejes y a las flores como vanidosas. También el estanque había muerto por su culpa. Ningún chorro brotaba ya de su seno. El agua parecía tan cansada e inmóvil como si fuese la misma desde hacía una cantidad enorme de años. Por lo demás, las hojas de los árboles la cubrían casi enteramente e incluso las hojas parecían haber caído allí en otoños míticamente lejanos.








jueves, 16 de julio de 2015

Giovanni Papini - ¿Quién eres?

Giovanni Papini  (1881 - 1956)

¿Quién eres?

El asunto empezó de un modo muy sencillo. Una mañana no recibí ni siquiera una carta. Hacía muchísimos años que no me ocurría eso y quedé sorprendido y amoscado. Me importaba enormemente la correspondencia, ya que es una de las pocas posibilidades de lo imprevisto que permanecen en nuestra existencia, y todos los días la esperaba con una ansiedad que se volvía casi febril cuando esperaba alguna respuesta importante. Ya fuesen cartas de mujeres lejanas que solicitan un amor inútil, o de desconocidos entusiastas que intentan hacernos penetrar en sus vidas, o de amigos olvidados que de improviso surgen del pasado y nos exponen los deseos y los arrepentimientos de las últimas etapas de la vida, o de descubridores y profetas provincianos que nos quieren imponer sus tonterías o bien esperan que las refutemos, o incluso de insignificantes hombres de negocios o de parientes de tercer grado, yo las leía todas con una enorme avidez. El examen de mi correspondencia diaria, que en aquel tiempo era bastante voluminosa, se había convertido en uno de mis grandes placeres. ¡Y aquella mañana no recibí una sola carta, un solo diario! La impresión fue penosa pero breve. Supuse que se trataba de una casualidad y que al día siguiente recibiría muchas más cartas que de ordinario.

Para distraerme, salí de casa. La ciudad era perfectamente igual a la del día anterior. Las calles estaban flanqueadas por las mismas casas y en los comercios habituales los mismos empleados vendían idénticos objetos a indefinidos compradores. Los carteles que veía comúnmente no registraban cambio alguno. Los carros que rodaban sobre el empedrado no diferían en nada de los que siempre había contemplado. Los hombres que se apresuraban aquí y allá estaban vestidos como de costumbre. Por primera vez experimenté cierta impresión de encarcelamiento frente a esta continuidad de cosas iguales. Pero pensé, en seguida, que mi impresión era estúpida y no supe hallar ninguna razón que justificara el hecho de encontrarme fuera de casa a esa hora. Decidí regresar y, cuando hube atravesado la plaza para dirigirme a la calle en que vivo, di con un viejo profesor que había conocido de niño y que a menudo se detenía a conversar conmigo acerca de sus teorías sobre la multiplicación artificial de las diferencias. Lo saludé quitándome el sombrero y llamándolo por su nombre, pero el viejo continuó su camino sin siquiera percatarse. Eché la culpa a su miopía y pensé, por otra parte, que estaba distraído y no le gustaría que lo abordara. Por eso no intenté seguirlo y volví a casa algo irritado por esta ocasión perdida de hallar distracción.







miércoles, 27 de agosto de 2014

Giovanni Papini - La última visita del caballero enfermo

Giovanni Papini
1881 - 1956

La última visita del caballero enfermo


Lucian Freud,
John Minton, 1952
Nadie supo jamás el verdadero nombre de aquel a quien todos llamaban el Caballero Enfermo. No ha quedado de él, después de su impensada desaparición, más que el recuerdo de sus sonrisas y un retrato de Sebastianbo del Piombo, que lo representa envuelto en una pelliza, con una mano enguantada que cae blandamente como la de un ser dormido. Alguno de los que más lo quisieron -yo estoy entre esos pocos- recuerda también su cutis de un pálido amarillo, transparente, la ligereza casi femenina de los pasos, la languidez habitual de los ojos.

Era, verdaderamente, un sembrado de espanto. Su presencia daba un color fantástico a las cosas más sencillas; cuando su mano tocaba algún objeto, parecía que éste ingresara al mundo de los sueños. Nadie le preguntó cuál era su enfermedad y por qué no se cuidaba. Vivía andando siempre, sin detenerse, día y noche. Nadie supo nunca dónde estaba su casa, nadie le conoció padres o hermanos. Apareció un día en la ciudad y, después de algunos años, otro día, desapareció.

La víspera de este día, a primer hora de la mañana, cuando apenas el cielo empezaba a iluminarse, vino a despertarme a mi cuarto. Sentí la caricia de su guante sobre mi frente y lo vi ante mí, con la sonrisa que parecía el recuerdo de una sonrisa y los ojos más extraviados que de costumbre. Me di cuenta, a causa del enrojecimiento de los párpados, que había pasado toda la noche velando y que debía haber esperado la aurora con gran ansiedad porque sus manos temblaban y todo su cuerpo parecía presa de fiebre.









viernes, 18 de julio de 2014

Giovanni Papini - El espejo que huye

Giovanni Papini
1881 - 1956
El espejo que huye
Una imposible mañana de invierno, en una estación bien conocida, un hombre al que no conozco ―con abrigo y dos violetas en el ojal― quería demostrarme que los hombres son felices, que la vida es grande y que el mundo es bello. Yo lo escuchaba con interés, sacudiendo a cada momento la ceniza de mi cigarrillo, que se consumía al viento sin que nunca me lo llevara a la boca. Lo escuchaba y sonreía, y el Hombre que no conozco se acaloraba cada vez más y ya del humour pasaba al sentimiento, al entusiasmo, al delirio. La fuga de sus rápidas palabras, escurridizas, duras, como acabadas de fundir, como acuñadas de nuevo en algún sitio, hacía poco tiempo, me llenaba de una embriaguez muy parecida a la que da el champagne. Algo picante y saltarín; una necesidad de abrazar y de llorar, de bailar, de reír a pequeños impulsos.

A un cierto momento, su voz dijo: ―Piense, caballero, piense en la grandeza del progreso que se realiza bajo nuestros ojos, en el progreso que lleva a los hombres del pasado al futuro, de aquello que se recuerda a aquello que se espera. Los salvajes no prevén el futuro, no piensan en lo por venir; no prevén y no previenen. Pero nosotros: nosotros, hombres civilizados; nosotros, hombres nuevos, vivimos para el futuro y gracias al futuro. Toda nuestra vida está dirigida hacia lo que tiene que venir, está construida en vista a lo que sucederá. Nuestros hombres consagran el hoy al mañana, siempre, cada día que pasa al mañana que pasará, respetuosamente y valerosamente. Este enorme progreso del espíritu profético es lo que hace desvanecerse los peligros, que nos da fuerzas, que hace descubrir nuevas posibilidades, que nos convierte en dueños de la tierra, del mar y del cielo, y de una cosa que vale más que todo eso, caballero: ¡nosotros mismos!.





martes, 1 de julio de 2014

Giovanni Papini - No quiero más ser el que soy

Giovanni Papini
1881 - 1956
No quiero más ser el que soy 
Y tan alta vida espero
Que muero porque no muero.
-Santa Teresa

Tan sólo hace diez horas que me he dado cuenta de mi horrible condición. Hasta entonces no sabía aún lo espantoso que puede ser el mundo. Desde hace unos años creía ser un graduado en terribilidad. Había experimentado, pensado, imaginado, soñado todo lo que hay, lo que habrá, lo que podría haber en él de más terrorífico, de más tormentoso, de más horripilante, de más monstruoso y desatinadamente angustioso. Conocía la ansiedad de las esperas nocturnas; las desesperaciones de los últimos besos, los temblores de las apariciones silenciosas, los delirios de las pesadillas, los estremecimientos de los relojes invisibles que marcan en las noches las horas eternas, los espasmos de suplicios imposibles, los gemidos exasperados de las almas sin asilo, la fiebre errante de los coloquios demoníacos. Pero no conocía todavía la más terrible cosa que puede existir en el mundo; no conocía el suplicio último, el suplicio supremo. Hace diez horas solamente que he tenido la revelación y ya me parece que muchas dinastías pasaron sobre la tierra y muchos solitarios dejaron el cielo.








martes, 25 de marzo de 2014

Giovanni Papini - El día no restituido

Giovanni Papini
1881 - 1956

El día no restituido


Conozco muchas viejas y hermosas princesas, pero solamente a aquellas que son tan pobres que apenas tienen una pequeña sirvienta vestida de negro y que están reducidas a vivir en alguna degradada villa toscana, una de esas escondidas villas donde dos cipreses polvorientos montan guardia junto a un portal de rejas murado.

Si encuentran alguna en el salón de una condesa viuda y fuera de moda llámenla Alteza y háblenle en francés, ese francés internacional, clásico, incoloro que pueden aprender en los Contes Moraux del abate Marmontel; el francés, en fin, de las gens de qualitéi. Mis princesas responderán casi siempre y luego que hayan penetrado en sus pobres almas -pequeñas y llenas de polvo y de quincallería, como oratorios de fines del siglo XVII-, se darán cuenta de que la vida puede ser aceptada y que nuestra madre no ha sido tan necia como parecía poniéndonos en el mundo.

¡Qué secretos extraordinarios me han susurrado mis hermosas y viejas princesas! Ellas adoran los polvos faciales pero quizás todavía más la conversación y, aunque todas sean alemanas -una sola es rusa, pero por azar-, su delicioso francés ancien régime algunas veces me regala emociones de ningún modo ordinarias, y en ciertos momentos mi corazón se conmueve y siento casi ganas -lo confieso- de llorar como un estúpido enamorado.





martes, 28 de enero de 2014

Giovanni Papini - Los consejos de Hamlet

Giovanni Papini
1881 - 1956

Los consejos de Hamlet

Una noche, mientras caminaba a lo largo del río pensando en un sueño extraño, el príncipe Hamlet, que me honra desde hace mucho tiempo con su amistad, se colocó a mi lado y me dijo:

—Amigo, tu empiezas a estar enfermo podrido. Nadie se ha dado todavía el gusto de anunciártelo, pero yo no puedo prescindir de ello. No te toques la frente, no te vuelvas pálido. Aunque haya transcurrido mis mejores años en la triste Witenberg, no soy doctor. Pero percibo desde lejos el olor de esos morbos terribles de que no hablan los médicos de grandes barbas reflexivas. Tu mal está en el espíritu, amigo mío, y solamente en el espíritu. También yo hace mucho tiempo estuve enfermo bastante enfermo, y fue necesario una espada bien afilada y una bebida bien amarga para curarme del todo. Ahora, desde hace muchos siglos, tengo una salud perfecta y por eso, acaso, me divierto ocupándome de la salud de los demás. Esta noche me preocupa la tuya. Cúrate: te lo repito, estás gravemente, terriblemente, peligrosamente enfermo.





martes, 14 de enero de 2014

Giovanni Papini - El hombre que no pudo ser emperador

Giovanni Papini
1881 - 1956

El hombre que no pudo ser emperador

1

Diógenes de Sínope
Hombre lector, quienquiera que seas, quisiera en este momento tenerte aquí, cara a cara, y clavar mis ojos en tus ojos y estrecharte las manos en mis manos y decirte en voz baja: «¿Crees vivir, vivir de verdad,profundamente, enteramente? ¿Te parece tu vida tan bella y grande como acaso la soñaste en los días ardientes de la juventud?

»Y todavía más bajo, llanamente, quisiera preguntarte: «¿Tuviste una juventud? ¿Sentiste en ti, dentro de tus entrañas, dentro de tu sangre, algo que fermentaba, que hervía, que se agitaba, que temblaba, que quería salir, derramarse, inundar el mundo como un lago de llamas? ¿Sentiste nunca, después de alguna hora de agitación, después de un gran crepúsculo, después de los versos de un poeta, sentiste que eras tú, tú en persona, el primer hombre, el descubridor de la vida, el descubridor del mundo? ¿Y no te pareció mísera esta vida, y no te pareció pequeño este mundo? ¿No deseaste la muerte por amor a la vida? ¿No experimentaste la avidez de Alejandro ante el cielo lejano?




lunes, 21 de octubre de 2013

Giovanni Papini - Retrato Profético

Giovanni  Papini
1881 - 1956
Retrato Profético

Siempre he tenido pasión por los retratos, y, para satisfacerla, he procurado conocer a cuantos pintores he podido. Desde hace casi quince años frecuento los estudios y poso, en pie o sentado, ante mis amigos.

En los primeros tiempos, cuando era todavía más pobre de lo que soy ahora, hacía lo imposible para llegar pronto a tutearme con los pintores jóvenes y pobres e inducirlos a hacerme el retrato, y la mayoría de las veces conseguía que me lo regalaran, una vez estaba terminado.

Cuando tuve algún billete de diez o de ciento a mi disposición, la cosa se hizo más fácil, y creo que me he hecho retratar no menos de tres o cuatro veces al año y siempre por pintores diferentes. Mi casa es una especie de odiosa galería, en la que por lo menos tres cuartos están llenos de caras mías de todas las edades, a partir de los dieciocho años, que me miran desde los fondos claros o negros de las telas, asomadas a los bastidores dorados de los marcos de estuco. Tengo un corredor un poco oscuro que está lleno de ellas a ambos lados. Confieso que por la noche me molesta tener que pasar por él: aquellos rostros, todos desiguales y que, sin embargo, se parecen, me turban, me dan casi miedo. Me parece haber dado un poco de mi alma a cada uno de mis dobles de tela y color y de haberme quedado con un alma empobrecida y estupefacta.


sábado, 31 de agosto de 2013

Giovanni Papini - El pan de la muchacha

Giovanni Papini
1881 - 1956

El pan de la muchacha

Arezzo, 7 agosto

He querido hacer un experimento: vivir, durante algunos días, como si fuese un pobre, un vagabundo, un prófugo. Vivir solo, sin la compañía ni ayuda de nadie. He despedido a los secretarios, a los camareros, a los mecánicos; he dejado los dos automóviles en depósito; he comprado a un campesino un vestido viejo y me he internado, con pocas liras en el bolsillo, en los valles de los Apeninos toscanos.

Hace años y años que llevo la vida del rico, esto es, de víctima sin libertad. Me causan molestia las mesas ricamente puestas, las reverencias de los parásitos, la acogida de la curiosidad que despiertan los demasiado conocidos. Siento nostalgia de la vida miserable y desastrosa que hice hasta los veintiséis años. Después de haberme visto asaltado por millares de pedigüeños y maniáticos, he querido, al menos por una semana, volver a saborear la vida del pobre, del abandonado. Tengo ahora el aspecto de un mendigo sucio y haraposo.


viernes, 30 de agosto de 2013

Giovanni Papini - Repulimiento difícil

Giovanni Papini
1881 - 1956

Repulimiento difícil

Lamina 10 de Splendor Solis
Representa el morir para ser
Chicago, 17 septiembre

La repugnancia de las piaras humanas que se amontonan en las ciudades me sofoca, ciertas noches, hasta el punto de hacerme pensar si no habría un modo práctico y rápido de barrerlas radicalmente de la Tierra. Ciertas caras bestiales ante la comida, algunos cuerpos que parecen sacos de podredumbre, con una máscara de oprobio, me hacen desear la matanza total de nuestra especie como una misión de limpieza urgente, como un deber...

Tengo ya un plan preciso para el asesinato universal, y no me parece absurdo. Es sencillísimo, porque comprende únicamente dos medios: explosivos y gases venenosos.

Para las ciudades bastaría con cien minas bien colocadas, aprovechando los acueductos y las cloacas. Para los campos, he pensado en millares de fábricas de gas distribuidas estratégicamente para que no quedase un solo palmo de tierra limpio el día de la ejecución.




jueves, 29 de agosto de 2013

Giovanni Papini - Cosmocrator

Giovanni Papini
1881 - 1956

Cosmocrator

New Parthenon, 2 noviembre

Tengo miedo de haberme equivocado de planeta. Aquí estamos demasiado estrechos. No hay bastante sitio para mí.

O tal vez me he equivocado de siglo. Mis verdaderos contemporáneos murieron hace miles de años o tienen todavía que nacer.

El hecho es que me siento extranjero en todas partes y mortificado. La Tierra es un puñado de estiércol resecado y de orina verde, a la que se da la vuelta hoy en pocas horas, mañana en pocos minutos. Y no hay ocupaciones a propósito y dignas para uno que sienta dentro de sí los apetitos y las fantasías de un titán.




viernes, 23 de agosto de 2013

Giovanni Papini - El Duque Hermosilla de Salvatierra

Giovanni Papini
1881 - 1956

El Duque Hermosilla de Salvatierra

La tumba de El Cid Campeador y de su
esposa Doña Jimena
Burgos, 13 abril

He encontrado a un español bastante más original que Ramón. No ha escrito nada y nunca escribirá, pero no comprendo por qué nadie ha escrito sobre él.

Es el duque Almagro Hermosilla de Salvatierra, último descendiente de una de las más gloriosas familias de la vieja Castilla. Fui a Burgos para ver el sepulcro del Cid Campeador y debo a mi viejo guía el conocimiento del duque. Me hallaba en la iglesia de San Pedro de Cerdeña, ante el monumento que el general francés Thiebault hizo construir en 1808, para osario del gran enemigo de los moros, cuando vi arrodillado al pie de la tumba a un viejo vestido de negro que parecía rezar con la cabeza escondida entre las manos. Cuando se puso en pie vi su cara más blanca que las candelas que ardían en el altar. Era de baja estatura, pero de bellas proporciones y engrandecido por aquella dignidad natural que se encuentra únicamente aquí. Al verme en contemplación ante el sepulcro se paró a mirarme y finalmente se acercó.

-¿Conque usted también se mantiene fiel al culto de nuestro Ruy Díaz de Vivar?


jueves, 22 de agosto de 2013

Giovanni Papini - Ramón y los minerales

Giovanni Papini
1881 - 1956

Ramón y los minerales

Madrid, 18 octubre

Me aburro terriblemente, pero no me puedo marchar.

-¿Qué hombres vale la pena de conocer en Madrid? -pregunté al secretario de mi hotel. -Dos únicamente: Primo y Ramón.

-¿Cuál me aconseja?

-Eso depende. A Primo van todas las personas que se aburren; a Ramón, todas aquellas que están aburridas. El uno se ve asaltado por periodistas y caciques; y el otro por desocupados y locos. Elija.

-Elijo a Ramón.

Le encontré, por la noche, en el famoso café de Pombo, rodeado de siete jóvenes morenos que fumaban cigarrillos escuchando en éxtasis al maestro de las «greguerías». Ramón Gómez de la Serna es un señor moreno, gordo y amable, que tiene el aire de burlarse, perpetuamente, de sí mismo. Enterado de su afabilidad, me presenté a él.


martes, 20 de agosto de 2013

Giovanni Papini - El papel

Giovanni Papini
1881 - 1956

El papel 

Leipzig, 15 setiembre

Visitando hoy una exposición de la imprenta me he dado cuenta de que toda la civilización -al menos en sus elementos más delicados y esenciales- se halla unida a la materia más frágil que existe: el papel.

Pienso que todo el crédito del mundo consiste en millones de billetes de Banco, de letras y talones que no son más que trocitos de papel. Pienso que toda la propiedad industrial de los continentes consiste en millones de acciones, certificados y obligaciones: trocitos de papel. Los despachos de los notarios y de los abogados están atestados de documentos y de contratos de los que depende la vida de millones y millones de hombres, y no son liada más que papeles ligeramente emborronados. Los registros de las poblaciones, los archivos de los Ministerios y de los Estados: fajos de papeles amarillentos. Las bibliotecas públicas y privadas: montones de papel impreso.


lunes, 19 de agosto de 2013

Giovanni Papini - Un emperador y cinco reyes

Giovanni Papini
1881 - 1956

Un Emperador y cinco Reyes

Dan Haag, 2 diciembre

Su Majestad Guillermo, Emperador y Rey, se ha dignado recibirme en su castillo de Doorn. Parece, al verle con aquella barba gris, un buen hombre que se ha retirado del mundo para vivir en paz, después de algunas desilusiones.

-Le he preparado una sorpresa -me ha dicho, apenas le hube presentado los indispensables homenajes-, una gran sorpresa. Ha llegado en un día poco común. En mi salón hay ahora una reunión de reyes. Encontrará allí una pentarquía de soberanos. Me hace el efecto de que es usted un hombre de suerte. En América ciertos encuentros deben de ser mucho más raros.

Y Su Majestad sonrió cordialmente, sin sombra de malicia.


viernes, 16 de agosto de 2013

Giovanni Papini - A. A. Y W. C.

Giovanni Papini
1881 - 1956

A. A. y W. C.

Londres, 3 agosto

Salgo de un inmenso restaurante de lujo. ¡Horrible!

Nada más repugnante que todas aquellas bocas que se abren, que aquellos millares de dientes que mastican. Los ojos atentos, ávidos, brillantes; las mandíbulas que se contraen y se mueven; las mejillas que, poco a poco, se vuelven encarnadas... La existencia de los comedores públicos es la prueba máxima de que el hombre no ha salido todavía de la fase animalesca. Esta falta de vergüenza, hasta en aquellos que se creen nobles, refinados, espirituales, me espanta. El hecho de que la mente humana no ha asociado todavía la manducación y la defecación, demuestra nuestra grosera insensibilidad. Sólo algunos monarcas de Oriente y los Papas de Roma han llegado a comprender la necesidad de no tener testigos en uno de los momentos más penosos de la servidumbre corporal, y comen solos, como deberíamos hacer todos.