Supongo que los seres humanos tenemos una capacidad limitada para asimilar momentos Kodak o para hablar en códigos de tarjeta Hallmark. No sé a ustedes, pero a mí se me agotan desde la primera posada familiar. Abrazarnos y confesar el amor que nos profesamos unos a otros a golpe de calendario, me hace sentirme marioneta de algún titiritero de escasa imaginación y torpes dedos.
Quizá por eso desde hace algunos años he comenzado a recordarla las fiestas navideñas mucho más por las lecturas que me depararon las vacaciones que por las anécdotas mil veces contadas del brindis fallido del tío borrachín, los regalos ridículos del intercambio o las lagrimas lastimeras de la abuela.

















