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| Ambrose Bierce (1842 - 1914) |
El dedo medio del pie derecho
Es bien sabido que la vieja casa Manton está hechizada.
En toda la zona rural que la rodea, e incluso en la ciudad de Marshall, situada
a una milla de distancia, no hay una sola persona de mente imparcial que tenga
la menor duda al respecto; la incredulidad se limita a esas personas que recibirán
el término de «chifladas» en cuanto esta útil palabra haya penetrado
en la esfera intelectual del
Advance de Marshall. La evidencia de que
la casa está hechizada es doble: el testimonio de testigos desinteresados
que han aportado la prueba ocular, y el de la propia casa. Los primeros pueden
ser rechazados por cualquiera de las diversas objeciones que se le ocurra plantear
al ingenuo; pero los hechos que están al alcance de la observación
de todos son materiales y pueden controlarse.
En primer lugar, la casa Manton no ha sido ocupada por los
mortales desde hace más de diez años, y junto con sus edificios
exteriores está entrando lentamente en decadencia: circunstancia que,
por sí sola, nadie en su sano juicio se aventuraría a ignorar.
Está un poco alejada del tramo más solitario de la carretera que
une Marshall con Harriston, en un claro que en otro tiempo fue una granja, y
sigue desfigurado por secciones de valla podrida y medio cubierta por zarzas
que antaño cercaba un suelo estéril y pedregoso que hace ya muchísimo
tiempo que no sabe lo que es un arado. La casa se encuentra en condiciones tolerablemente
buenas, aunque muy despintada por el tiempo y con una gran necesidad de atención
del vidriero, ya que la población masculina infantil de la región
ha dado pruebas, de la manera que le es habitual, de su desaprobación
a esa casa sin habitantes. Tiene una altura de dos pisos, es de planta casi
cuadrada y la fachada delantera está traspasada por una sola puerta flanqueada
a cada lado por una ventana, totalmente recubiertas ambas de tablones. Las ventanas
correspondientes del piso superior, que no están protegidas, permiten
la entrada de la luz y la lluvia en las habitaciones del segundo piso. Hierbas
buenas y malas crecen a su antojo por todas partes, y algunos árboles
de sombra, algo estropeados por el viento, se inclinan todos en la misma dirección,
dando la impresión de que estuvieran haciendo un esfuerzo concertado
por escapar de allí. En resumen, tal como el humorista de la ciudad de
Marshall explicaba en las columnas del
Advance, «la proposición
de que la casa Manton está hechizada es la única conclusión
lógica que puede obtenerse». El hecho de que fuera en aquella misma morada
donde al señor Manton le pareció adecuado una noche de hace unos
diez años levantarse
y cortarle la garganta a su esposa
y a
sus dos hijos pequeños, yéndose a vivir enseguida a otra parte
del país, tiene sin duda su parte de responsabilidad en el hecho de que
a la atención pública el lugar le parezca adecuado para los fenómenos
sobrenaturales.