jueves, 1 de noviembre de 2012

Ricardo Rocha - Demoliciones urgentes


Ya es ineludible el clamor popular e intelectual en contra del adefesio urbano representado por la estatua de Heydar Aliyev, a quien muchos aclaman en Azerbaiyán como el fundador de esa nueva república antes soviética y ahora una próspera nación petrolera. Aunque para otros se trate de un libertador devenido en tirano peliculesco, una versión caucásica del Sultán de Brunei —ése al que sus súbditos le regalan cada año su peso en oro y piedras preciosas— con sus propios y ridículos excesos en materia de culto a la personalidad. Un héroe convertido en sátrapa, que ha pisoteado los derechos humanos y acallado a los medios de comunicación so pretexto de una estabilidad impuesta desde el poder y las armas. Y que, para que no quede la menor duda, se ha visto en la imperiosa necesidad de sacrificarse e imponer a su hijo en el gobierno.
Es probable que, a estas alturas, algunos de ustedes se pregunten o más bien me pregunten ¿a nosotros qué rayos nos interesa la polémica sobre una estatua de un señor extraño cuya república esta al otro lado del mundo, a unos 12 mil kilómetros de distancia? Y, pues sí, tendrían razón: salvo por el hecho de que la mentada —en todos sentidos— estatua está aquí en plena ciudad de México, y para mayor abundamiento, en la más bella y señorial de nuestras avenidas que es Reforma, y en la zona más exclusiva del bosque de Chapultepec. ¿Cómo la ven? Digo, si es que la han visto. Nada más para que se den una idea, está todavía más mal hecha que la de mi querido e inolvidable Luis Donaldo Colosio. En Reforma y Tolstoi, por si lo dudan tantito.




Pero el asunto no termina ahí. Lo que pasa es que ahora se han ido corriendo los velos del misterio de por qué el gobierno del DF decidió colocar ahí tan absurdo, pesado y ajeno mamotreto. Pues resulta que el nuevo rico gobierno de Azerbaiyán le hizo un donativo de mas de 60 millones de pesos para rehabilitar ese pedazo de bosque y colocar el recuerdo pétreo de su dictador, nada más durante 95 añitos, según reza el contrato. En pocas palabras: ¡la ciudad en remate y al mejor postor! De cualquier modo el daño está hecho. Pero no es irreparable. Por ello el clamor cuasi unánime para el todavía jefe Ebrard: “Marcelo, tira eso”.
Y para que la cosa sea pareja, también habría que decir: “Enrique, tumba esa porquería”, refiriéndonos a la infamia llamada burlonamente Estela de Luz. Ese monumento a la corrupción, a la ignominia y a la voracidad de los gobiernos contra sus gobernados. Yo digo que, ya encarrerados, debiéramos emplear el mismo equipo de demolición para los dos esperpentos. Y estoy seguro de que Enrique Peña Nieto tendrá un enorme reconocimiento de todos los capitalinos si ordena la desaparición de esa gran estafa que debía haber costado 497 millones de pesos y terminó chupándose mil 35 millones de pesos que jamás podrán justificarse. La misma que nunca estuvo a tiempo para lo que se la construyó, el Bicentenario, y que de tan vergonzante fue inaugurada por Felipe Calderón prácticamente a escondidas un sábado por la noche.
Sé que algunos dirán que es un disparate proponer su derrumbe precisamente por el dinero que ya se gastó en ella. A cambio, tengo varias preguntas: ¿alguien podría decirme de qué le sirve a la ciudad y a sus habitantes esa bazofia? ¿Es justo que siga provocándonos entripados a los cientos de miles que estamos obligados a verla todos los días? ¿Se trata de recordar a fuerza los dos gobiernos de la docena trágica? ¿Por qué nos quieren restregar cada día que nos vieron la cara de ya saben qué? ¿Qué pecado colectivo cometimos los defeños para merecer tal castigo?
Además, estéticamente es una piltrafa: si se le ve con el fondo de la Torre Mayor parece un palillo ridículo; si, desde la perspectiva del Ángel, un poste sin ton ni son y descuadrado. Recuerdo que en París los constructores del Arco de la Defensa, a las afueras, tuvieron que comprar terrenos adicionales para ubicarlo en isóptica perfecta con el Arco del Triunfo, a pesar de los kilómetros de distancia. Ojalá en estos dos casos —si Marcelo no se decide— Miguel Ángel y Enrique nos hagan sentir que, en este país, las cosas pueden ser diferentes.
Periodista

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Por favor, sean civilizados.