España, para desesperación de la historia de México, durante el tiempo que
duró su intervención en nuestro país, jamás se hizo un Estado moderno,
devastada como lo fue por guerras, hambre y miseria. La corrupción florecía:
todo tenía un precio. Imperaba la deshonra y la miseria. Pero aún si España no
se hubiera rezagado, el meollo del asunto fue la relación colonial, no la
naturaleza de la “Madre Patria”. Una relación de desigualdades y dependencia en
la que México llevaba todas las de perder y, principalmente, el haberlo
obligado, durante los 300
años de la
Colonia, a seguir el modelo económico característico de los países
subdesarrollados: exportar materias primas e importar bienes manufacturados,
además de todo lo necesario para satisfacer a los intereses y gustos de los
españoles.
La industria quedó en la orfandad. Como amo colonial de la época, la corona
prohibió la manufactura, tratando de proteger
a sus comerciantes y a sus fábricas textiles, no permitiendo ninguna producción
de bienes que compitieran con los suyos. La orientación de la Nueva España al
exterior bloqueó el desarrollo del mercado interno. Al final del dominio
español, por no habérsele permitido la mínima industrialización, tan solo
existían unas cuantas
plantas textiles,
denominadas obrajes. Según el huésped alemán, Alejandro de Humboldt, esas
fábricas explotadoras, impresionaban a sus visitantes, no solo por su
tecnología primitiva, sino también por su suciedad y por la crueldad que se
infligía a sus trabajadores.