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Julio Llamazares
1955 |
El desaparecido
En todas las familias hay un secreto y la mía no es una excepción. Durante muchos años, formó parte de su imaginario y continúa formándola del mío, pese a que no conocía a su protagonista. Así son las cosas, a veces, en esta vida.
El secreto de mi familia, al que yo accedí siendo ya un adolescente, tiene que ver con la guerra civil, como los de muchas otras familias españolas. Pero su particularidad estriba en que no desapareció con ella, quiero decir, con la generación que vivió la guerra, sino que la sobrevive, incluso sobre su recuerdo. Y es que, como dijo alguien, los fantasmas sobreviven a los muertos.
Mi tío el desaparecido tendría ahora, si viviera, cerca de los cien años. Era hermano de mi padre, el segundo, en concreto, de una lista que llegó a sumar hasta diez, pero que las condiciones higiénicas de la época redujeron a la mitad apenas fueron naciendo y de la que mi padre fue el más pequeño. Maestro como su madre, mi tío el desaparecido ejercía en la escuela de Orzonaga, una pequeña aldea minera cercana a su localidad natal, cuando estalló la guerra civil y, ante la perspectiva de que lo asesinaran (los falangistas de Matallana fueron, de hecho, en su busca), huyó un día a las montañas donde se concentraban los republicanos que escapaban de las zonas sublevadas de León. Se dijo que dio clases a los niños de otra pequeña aldea montañesa, ésta ya en la zona roja, incluso que alguien lo vio en Asturias cuando el frente del note retrocedió, pero la pista se perdió para siempre con la caída definitiva de éste, que se produjo en 1937.