lunes, 19 de noviembre de 2012

Manuel Camacho Solís - ¿Podría Peña Nieto ser como López Mateos?


En memoria de Mónica Obregón de De la Fuente…

En estas páginas Francisco Suárez Dávila escribió el artículo más favorable posible en favor de Enrique Peña, al compararlo con su paisano Adolfo López Mateos. Es una manera inteligente de ayudarlo, pero para que el ejemplo sirviera de punto de apoyo a una gestión política exitosa tendría que ir más allá de la recordación de su desempeño administrativo. No basta con recordar los aplausos, las conquistas y las sonrisas; habría que penetrar en el fondo político.




López Mateos es recordado como uno de los mejores y más populares presidentes. Sus realizaciones y la publicidad que las acompañó ayudaron a fijar esa imagen. Después de un arranque en medio de graves conflictos sindicales, su fin de gobierno fue descollante. Logró un alto crecimiento y más seguridad social, entregó numerosas obras (algunas perdurables, como el Museo de Antropología), obtuvo reconocimiento internacional. En su gabinete participaron mexicanos destacadísimos como Barros Sierra, Torres Bodet, Manuel Tello, Ortiz Mena. Todo eso es cierto, pero la pregunta es cómo lo logró y en qué medida esa experiencia ayudaría hoy a hacer un buen presidente.
ALM provenía de un régimen burocrático, jerárquico, autoritario, pero dentro de él representó un aire de frescura por su discurso de centro-izquierda, su autenticidad y corazón rebelde (vasconcelista), su cultura y elocuencia discursiva. Era tan buen orador que podía cautivar a un Zócalo lleno.
Él podía viajar, disfrutar, ganar popularidad y amigos porque descansaba en pilares fuertes. Competentes ministros en las secretarías, pero sobre todo el pilar de su secretario de Hacienda, Antonio Ortiz Mena, quien logró que la economía creciera, generara más empleos y mejorara la seguridad social. El otro pilar fue Gustavo Díaz Ordaz, titular de Gobernación, donde descansó el control político del país en un arranque turbulento del gobierno, y quien ya mostraba sus inclinaciones represivas que confirmaría durante su presidencia al enfrentar al movimiento médico y estudiantil. Una parte del esplendor de Los Pinos se sostenía en los sótanos de Bucareli, donde ya no se podía revelar la muerte de Jaramillo, o la permanencia en la cárcel de Vallejo y Siqueiros.
Si el gobierno de Adolfo López Mateos descansó en dos secretarios poderosos, en Ortiz Mena que aseguró uno de los mejores desempeños de historia económica de México, y Díaz Ordaz que le controló la política y que en realidad gobernó durante 12 años, es indispensable entender la esencia de sus respectivos desempeños. Ortiz Mena fue más que un financiero hacendista: su política económica armó un pacto social donde en vez de represión ofreció crecimiento del empleo, del salario, la seguridad y la educación. Díaz Ordaz fue un eficaz secretario del interior dentro de un régimen autoritario, cuyos métodos terminaron por resultar desastrosos cuando emergieron las manifestaciones independientes de las clases medias durante su presidencia.
Si algo demostró el gobierno de López Mateos en la política económica fue capacidad para crecer y distribuir los beneficios del crecimiento. Y en la política, que el orden autoritario tiene sus límites ante una sociedad en efervescencia como lo comprobaría trágicamente durante su mandato Díaz Ordaz.
Hoy, para parecerse a López Mateos habría que tener un política económica de crecimiento y distribución, y para no pagar los costos del modelo político de la época ante una sociedad más diversificada, consciente y plural, en un mundo abierto, habría que pactar una gobernabilidad democrática que permita pacificar a México y legitimar sus instituciones democráticas.
El propio ALM al final de su vida dijo que para ser un buen presidente se necesita pisar la tierra: "estar consciente de que, desde la Presidencia de México, es muy fácil hacer el mal y sumamente difícil hacer el bien".

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