sábado, 9 de agosto de 2014

Javier Sicilia - La lección de Mamá Rosa

MÉXICO, D.F. (Proceso).- La banalidad y la rapidez con la que los medios tratan la realidad han ido diluyendo bajo la emergencia de la nota fresca el caso de Mamá Rosa y de La Gran Familia. Sin embargo, el caso no es banal y su desplazamiento de las páginas principales de los periódicos no lo resuelve ni lo hace menos importante en relación con la corrupción moral y la violencia que azota al país y la incapacidad del Estado para resolverla. Hay, en este sentido, una lección que extraer de la manera en que tanto la PGR como los medios han tratado el asunto.
 
Nadie puede negar que las condiciones de vida del albergue de La Gran Familia que ellos nos presentaron sean reales y verdaderas y que sea necesario continuar con su investigación. Lo que es falso es la espectacular demonización que, a través de esas imágenes amplificadas hasta el hartazgo, se ha hecho de Mamá Rosa. El operativo policiaco desplegado para irrumpir en ese albergue y la imagen, a partir de lo que allí se encontró, de una señora que durante 60 años se dedicó a edificar una especie de gulag mexicano para la explotación sexual y la degradación de miles de niños y jóvenes que allí vivieron –60 años de ese horror no habrían sido posibles–, tiene el tufo del mecanismo con el que a lo largo de los milenios se han construido los chivos expiatorios.
 
 
 
 
 
 
 
El chivo expiatorio, como lo ha mostrado René Girard, es un ser que, dadas ciertas características, la sociedad convierte en el objeto de la violencia y del odio que se ha generalizado y se ha vuelto incontrolable; un ser que, como la fabricación de las brujas en el medioevo, sirve como catalizador del mal social. Mamá Rosa, en las condiciones de violencia del país, pertenece a esos seres.
 
Mujer buena, que en un momento de su vida tomó el camino de asumir, con la complacencia del Estado, los males de una sociedad: niños abandonados, huérfanos o no queridos, tiene en su accionar algo desagradable: sus maneras –no era una pedagoga, sino una mujer caritativa enfrentada a cientos de niños que debía alimentar y educar– abrevaban en una educación añeja: la verticalidad, el manotazo, el castigo duro y ejemplar.
 
¿En qué momento ese orden difícil de mantener en los límites perdió su proporción para convertirse en un régimen de hacinamiento y brutalidad? No lo sabemos –es una tarea que las autoridades deben investigar con verdad y castigar en su justa proporción–. Sin embargo, la manera en la que la policía y los medios tomaron la parte por el todo y redujeron a Mamá Rosa a un monstruo de maldad cuyo objetivo, por sus maneras de educar, era desde siempre la trata y la inhumanidad, obedece a ese mecanismo social que canaliza la violencia sobre una persona para ocultar la verdadera violencia y su degradación moral.
 
En el caso de México, esa degradación está en las auténticas redes de trata y de explotación sexual que el Estado no ha querido desmantelar –el caso de Cuauhtémoc Gutiérrez de la Torre es, en este sentido, impecable–, en los miles de niños que a lo largo de 60 años familias enteras, con la aprobación y el beneplácito de la sociedad zamorana y de las autoridades del estado, entregaron a Mamá Rosa y a su albergue, en más de 100 mil muertos que no hallan justicia y se siguen acumulando, en más de 30 mil desaparecidos que el Estado no encuentra, en cientos de extorsiones, secuestros y asesinatos que diariamente padecemos, en los miles de niños que han cruzado por nuestro territorio y han terminado, después de vejaciones sin fin, en las instituciones migratorias de los Estados Unidos, en los cientos de indocumentados centroamericanos que son extorsionados y desaparecidos con la colusión de las propias instituciones de migración mexicanas.
 
Ese mecanismo permite que la mezquindad social –de allí el éxito de los talk show– proyecte sus miserias y su incapacidad para asumirlas en el “monstruo” y lave así su conciencia. Permite también que el Estado, corrompido y fracasado, recupere su imagen de garante de los derechos humanos, de salvaguarda de la justicia y protector de la infancia y de la paz.
 
Lo que, sin embargo, ese mecanismo revela en su ocultamiento es la monstruosidad de un Estado que ha abdicado de su vocación fundamental y la ha entregado a otros; revela también la monstruosidad de una sociedad que, desgarrada en su tejido social, es incapaz de garantizar la dignidad de su niños y de sus jóvenes y ha preferido abandonarlos.
 
La imagen que la PGR y la nota mediática construyeron de Mamá Rosa y su albergue es el rostro de la degradación moral de un país y de un Estado que lentamente, a pesar de sus buenas intenciones, de sus maravillosas leyes, de su buena conciencia, de sus discursos morales, ha convertido la casa de sus hijos en un muladar y en una escuela del crimen, el desprecio, la irresponsabilidad y el abandono; es la imagen de nosotros mismos que no queremos reconocer y delante de la cual, asqueados, nos desgarramos las vestiduras y nos lanzamos contra ella.
 
Lejos de salvaguardarnos, la monstruosidad que hemos hecho de Mamá Rosa nos acusa irremediablemente y nos dice que ella es en realidad nosotros, y que debemos asumirlo y cambiar si algún día queremos escapar de la degradación y la violencia que hemos construido y que buscamos eludir con toda suerte de chivos expiatorios.
 
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas y a todos los zapatistas y atenquenses presos, hacer justicia a las víctimas de la violencia y juzgar a gobernadores y funcionarios criminales.
 
 
 
 
 

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