La ilusión es que el 1º de diciembre despertamos en Marte: un lugar que, para bien y para mal, no se parece al México de los últimos doce años. En el pasado reciente creíamos, con una mezcla de asombro y resignación, que nuestro país se creaba y destruía cada seis años, conforme a una suerte de tiempo cíclico prehispánico que en realidad obedecía a las manías y obsesiones del presidente en turno. En la lógica del antiguo régimen, esta renovación sangrienta era la condición necesaria para un exitoso traspaso del mando. Los doce años de gobiernos panistas nos arrebataron ese ritual de iniciación que hoy se ha vuelto más ostensible que nunca.
Si, conscientes de su decisión o manipulados por los medios, una amplia mayoría de ciudadanos eligió a Enrique Peña Nieto como presidente, fue justo para clausurar del todo una era de buenas intenciones, errores garrafales y esperanzas traicionadas, y retornar a una de resultados concretos, demostraciones de fuerza y unanimidad a toda costa, y al menos durante esta primera semana el PRI no los ha decepcionado. A diferencia de Fox, cuya inexperiencia se enmascaraba bajo la fiebre democrática, o de Calderón, que siempre gobernó a la defensiva, como escondido en un búnker, Peña Nieto no dudó un segundo en establecer los nuevos -que son viejos- modos de ejercicio del poder, tanto en términos simbólicos como reales, muy reales.