Aquel sábado negro descubrí la felicidad: un estado del cuerpo y el alma que se vive un instante y se sigue pagando por el resto de la vida. Empezó con un trueno apocalíptico que enrareció el cuarto con el olor premonitorio de la tierra mojada, y no había tenido tiempo para escapar ileso cuando se precipitó un aguacero grande, de los que suelen desmadrar la ciudad entre mayo y octubre. Las calles de arenas ardientes se convirtieron en torrentes ciegos que arrastraban cuanto encontraron a su paso después de tres meses de sequía, y podían ser como la felicidad del amor: tan providenciales como devastadoras.
Apenas había tenido tiempo de asegurar puertas y ventanas cuando me salió al encuentro la certidumbre física de que no estaba solo. Alcancé a ver el celaje del gato que saltó del sofá y se escabulló por el balcón, y en su plato quedaron las sobras de una comida que nadie le había servido. Lo había criado como estudié el latín. Seguía sus trazas con su manual de uso para familiarizarme con sus hábitos naturales, pero no di con su escondite para obrar, ni con sus sitios de reposo, ni con las causas de su amor voluble. Quise enseñarlo a comer a sus horas, a no subirse en mi cama mientras yo dormía ni a olisquear los alimentos en la mesa, ni pude hacerle entender que la casa era suya por derecho propio y no como un botín de guerra.





















