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| Juan Villoro |
"Son sensibles al tacto las estrellas/ No sé escribir a máquina sin ellas", escribió el poeta español Gerardo Diego. La inspiración proviene de los astros y de algo más humilde, la fricción de las yemas sobre el teclado.
Hace unos años, Pablo Ortiz Monasterio preparó una espléndida edición de fotos de vida cotidiana del Archivo Casasola. Mientras los revolucionarios disparaban y las soldaderas subían a los trenes, la costumbre no dejaba de ser doméstica.
Una de las mejores imágenes de aquella selección es la de un examen de mecanografía en el que participan mujeres con los ojos vendados. La escena tiene algo de rito: las máquinas de escribir semejan altares donde se oficia a ciegas y las secretarias parecen recibir dictado divino, como si se fueran a graduar de médiums.
Esa foto me trae un lejano recuerdo. Irma era zurda y parecía hecha en otro mundo. Sufría para dominar las tijeras y otros utensilios creados por un Dios diestro. Desubicada, miraba la realidad como quien sabe que en unos minutos se va a ir la luz.

















