RIO DE JANEIRO.– La iglesia de Nuestra Señora de la Peña se ve erguida y brillante, al salir del Aeropuerto Internacional Antonio Carlos Jobim rumbo a Río de Janeiro. Construida sobre un peñasco en lo alto de una colina, este santuario católico del Siglo XVIII es un símbolo de los suburbios cariocas. A sus pies se extiende una plasta grisácea de miseria y convulsión. Son las favelas de la Peña y Marea, que atravesarán casi un millón de fanáticos que se esperan para la Copa del Mundo de Futbol, y que en los últimos días desafiaron la fuerza militar del gobierno brasileño, generando una inestabilidad social que, animada por el narcotráfico, quiere propagarse.
Hace escasa una semana, en apoyo a las unidades del Batallón de Operaciones Especiales de la Policía Militar, dos mil 700 marinos y soldados marcharon sobre las dos favelas en tanquetas y vehículos blindados, con helicópteros como águilas en vuelo que cimbraban los viejos edificios abandonados y ocupados por los pobres, y las casuchas de cartón, madera y zinc, que dejaban ver en sus costados a francotiradores para eliminar cualquier intento de agresión. Las fuerzas militares entraron mediante un decreto firmado por la presidenta Dilma Rousseff, que fue tan anunciado que, de acuerdo con la prensa brasileña, los sicarios del narcotráfico, que habían iniciado una escalada de violencia –que motivó la acción militar-, se replegaron a otras favelas.



















