Los michoacanos hicieron una traducción precisa del gesto adusto y la actitud de soberbia, ya natural en la senadora Luisa María Calderón. ¿Cómo no iba a estar molesta, si su hermano, el expresidente Felipe Calderón, oriundo del estado, no tuvo la visión, ni la generosidad política de llevar el apoyo inédito que Enrique Peña Nieto acaba ordenar?
La mezquindad de la michoacana —ni un solo aplauso al discurso presidencial— era comprensible: la apuesta de ella, de la mafia y de la oposición, es la destitución del gobernador Fausto Vallejo.
¿Ahorita? Sí, ahorita. ¿Sin importar que se aliente una crisis de gobierno y se debiliten aún más las instituciones? Por eso, precisamente, porque la excandidata a la gubernatura de Michoacán cree que la profundización de la violencia y la anarquía en el estado la harían ganar las elecciones, ahora sí, en el 2015.
La presencia del presidente de la república y de su gabinete en Michoacán para anunciar que la federación invertirá 45 mil 500 millones de pesos en el desarrollo integral de la entidad fue un golpe seco a quienes sobrevuelan el Palacio de Gobierno.






















