| Agustín Basave Benítez |
La reforma laboral es un presagio de la forma en que se (des)ahogará la agenda legislativa del próximo gobierno. Lo es porque mientras tengamos un presidencialismo disfuncional en vez de un régimen parlamentario seguirá vivo el camellismo legislativo, es decir, la producción de leyes pequeñas y deformes que emulan camellitos y no los caballos percherones que necesitamos. Veamos.
El presidente Calderón mandó al Congreso una iniciativa con dos vertientes, una que busca la flexibilización del mercado en beneficio de las empresas y otra que impulsa la democratización y la transparencia sindicales en beneficio de los trabajadores. La Cámara de Diputados aprobó, con jorobas, la primera, y empequeñeció la segunda. Olvidémonos por un momento del error de no haber equilibrado la propuesta con un seguro de desempleo, algo que por cierto beneficiaría también a los empresarios, porque parte del costo de los despidos sería absorbido por el erario público; ¿qué pasó con la gran asignatura pendiente del panismo gobernante de desmantelar la corrupción y la antidemocracia del sindicalismo? Que el PRI se dejara chantajear por sus sindicatos era de esperarse, pero ¿por qué el PAN arrió su bandera tan fácil y rápidamente? ¿Qué arreglos hay entre los dos partidos?



















